Aventura

Literatura, naturaleza y emoción.

viernes, 24 de julio de 2026



La cálida distancia de las madres



Hace años estudié psicología. No tengo recuerdos de haber pensado en otra forma de trabajo. Me gustaban los problemas. Creo que eso me gustaba desde que aprendí a pensar. Yo era conversadora. Nunca fui una líder o lideresa de nada, pero tenía una fuerza para dar consejos y creo que allí se gestó esa pasión por los enredos de la gente. No crean que era una parlanchina de esas a las que les falta lengua para seguir hablando. Mis conversaciones eran inteligentes sin duda. 

En aquellos días en que recordaba esos momentos, apareció una paciente que me recordó a una clásica mamá de aquella vieja escuela que la denominaría arquetipo. Sí, yo sé que aún hay psicoanálisis y que son largos años y sesiones para escribir una libro entero. Pero siempre una información ayuda a comprender otras.

Cuando llegó, se presentó como Marina Castillo. Venía acá porque una hija suya se había devuelto a casa, pues había fracasado en su joven matrimonio.

- Mire usted. Ella no tiene más de 25 años. No sé por qué ahora todos se divorcian así de rápido.

Lo dijo con una sonrisa y sin demostrar ninguna perturbación de madre exagerada. Ella quería solucionar un problema nada más, una cosa poca.

Ella me miraba esperando el más alto estándar de consejo sabio de psicóloga. Claro que lo pensé y le dije lo más evidente (me da vergüenza contarlo, pero no juzguen todavía):

-Ella merece ser feliz. Nadie está obligado a querer a alguien. 

La técnica era esperar que los vacíos de esa frase tan genérica fueran completados con nuevos datos de la madre. Ella me miraba y pensaba, yo sé que sí. Ahí estaba yo con toda la imparcialidad de mi lenguaje corporal esperando una buena aportación.

- Mire, Jacinta…

Así me llamo, con ese nombre que arrastra ruido fuerte.

-… Natividad no es para que se rinda así tan fácilmente. Uno pienas que ha criado tan bien a las niñas. Tengo dos niñas. La otra es kinesióloga. ¿Ve los complementos? Una ve la mente y, la otra, el cuerpo. No tengo nada que pedirles a ellas. A veces me siento bien preocupándome de ellas y otras quisiera que se hicieran fuertes. Quizá por eso, a veces, creo que es bueno que las familias tengan hijos. Siempre pienso que eso te obliga a ser fuerte, te ayuda a prepararte cada día para lo que viene y también te mantiene ocupada la mente y así no tienes espacio para deprimirte ni para aburrirte. 

Pensé en lo machista de su visión de mundo. Sin embargo, no puedo juzgar. Como dicen ahora “Escuchamos, pero no juzgamos”. Me da risa esa frase, que ya va quedando en el olvido.

La vida parece fácil cuando la vemos desde afuera. Quizá, porque tengo una edad más cercana a Marina, puedo entenderla. A medida que he ido envejeciendo me doy cuenta de que la vejez se parece a cuando uno deja de un día para otro los juguetes y pierden sentido…  Así es como concibo la vejez: los problemas de los más jóvenes dejas de importarte y te resultan aburridos. Tampoco hay que engañarse, porque, aunque las sentimientos son finitos, la combinación de ellos puede terminar en la peor enfermedad. 

Hago una pausa en la conversación. Simplemente concluí que Marina era una tipa sana y que más vino a la consulta por una respuesta rápida. Aún quedaban cuarenta y cinco minutos de conversación.

- Marina, no tiene nada de malo lo que usted me habla. Usted sabe que ella no estaba feliz allí. La decisión de su hija por volver con usted es una decisión valiente. Para qué estamos con cosas: lo más probable es que ahora ella sí esté realmente sea feliz. Ayúdela hasta que la vea fuerte. Luego la ayuda a cambiarse. No va a haber dependencia con usted. Usted es una mujer fuerte y calmada.

Marina se quedó pensativa. Nunca nerviosa. Yo sé que no llegaría a ese estado. Siempre pienso mucho en esa gente impenetrable que no muestra ninguna perturbación. Me inquieta. Es como un misterio de ser humano. Esa fue una pausa de esas que duran horas. Yo aproveché de mirar por la ventana. Una brisa fresca empezaba a dar indicios del atardecer de ese día.

El tiempo no avanzó. Recordé a mamá y que nunca recibió de mí un abrazo durante muchos años. Yo no crecí así con esos afectos. Sólo los últimos años me obligué a hacerlo para darle a entender que sí la quería. Eso fue un recuerdo activado que me dejó un poco ausente. Disociada quizá. Se abrió una herida en mí que no podía atender en ese momento.

Marina no se preocupó de mí en ningún momento de la sesión. Sé que vio mi fragilidad y no dijo nada. Ella debía de ser una madre adorable.

Marina esperó sin decir nada. Cuando recuperé mi presente volvimos a hablar. Ella me miró sin indagar en mi percance y, con paciencia, esperó a que siguiéramos con la conversación.

- Esto se arregla- dijo. Y siguió contándome un plan que más parecía destinado a cambiar mi vida que la de su propia hija. Cuando se fue, quise llorar, pero elegí aguantarme el sentimiento.

martes, 18 de noviembre de 2025

De "Fábulas para animales como usted".




Cisne

Año 2002

Yo quería a esa mujer, pero no se pudo concretar. Entonces ella y yo teníamos catorce años y me dijo, sin preliminares, que quería quedarse conmigo. Yo no podía creerlo. Eran las primeras veces que sentía deseo y no quería parecer estúpido, pero igual quedé así. No le hablé por varios días y, cuando pude, quise decirle algo, pero elegí mentir. 
Escogí un momento en que quedamos solos y le dije:
-No puedo.

Es que ella era todo lo femenino que había en el mundo. Era delicada y nunca la vi vulgar como a otras chicas de la escuela. Yo me quedé impresionado y no puede decirle nada que pudiera hacerla feliz. Pero ella tampoco. Los días pasaron y los años nos fueron alejando. Mi verdad es que me dio miedo soñar con ella. Yo ya había conocido otras chicas y ella me parecía intocable. Mi corazón se llenó de tristeza y no pude entender todo lo que mi mente quería decirme. Ella despertó el amor en mí y nunca dejé de sentirlo ni de extrañarla como alguien que siempre debería estar ahí junto a uno.

Año 2012

Estuve por la vida teniendo relaciones serias, pero mi naturaleza no me daba paciencia y terminaba pronto. Conocí el amor sincero, pero nunca me sentí satisfecho. De ahí uno madura y se va dando cuenta de que las relaciones amorosas nunca son perfectas y la desdicha puede hacer que se terminen rápidamente. Como prueba de ello, tuve un intento de matrimonio y luego conocí a otra mujer devota que hubiera ido al fin del mundo conmigo; era delicada en presencia, pero una furia decidida a ser feliz y a disfrutar la vida. Cuando me sentí insatisfecho otra vez, terminé la relación y procedí a volverme loco y a salir con muchas mujeres, porque no quería nada serio para no tener que hacerme responsable de nadie. Quería ser libre. Mentira: quería un amor que extrañaba todo el tiempo. Después de tanta locura salvaje pensé que no me merecía ni una pizca de amor.

Año 2022

He vuelto a encontrarme a la chica de mi colegio y me pidió que tuviéramos un hijo. Era por la edad más que nada, me dijo. No quería dinero ni responsabilidad. Fue a verme sólo para decirme eso. Ella me quedó mirando sin ningún perturbación. Yo quedé atónito. Me sentí cobarde, pero como ella fue tan atrevida como en la adolescencia, le dije que sí para demostrar que era valiente. Eso sí fue trascendente y bonito. Quedamos de juntarnos en un hotel. Allí ella me vendó los ojos, tomó otra venda para ella y ocurrió el milagro. La amé, la besé, la abracé y luego estuvimos frente a frente sin hablar por harto tiempo. Yo ya había recibido propuestas de dos mujeres para embarazarlas y quedaron de llamarme si la vida las dejaba solas sin hijos antes de los cuarenta, pero después vi por las redes sociales que ya estaban en paz con hijos y esposos gordos, felices todos. Fueron historias con final soñado. Con una petición delicada ella me pidió que me fuera. Luego de vestirme, salí del cuarto del hotel sin mirar atrás. No nos miramos a la cara esa vez. Ella me lo había pedido después de una larga conversación llena de pactos de confianza. Nunca se me ha ido el recuerdo del aroma de su cuerpo ni la suavidad de esa piel.

Año 2032

No he dejado de visitar al niño. Es lo que esperábamos. Hoy celebramos su cumpleaños comiendo lo que él quiso. Cuando preguntó por qué no estábamos la madre y yo juntos, le conté la historia que acordamos el día del hotel: fue una aventura, no nos dio para más y no había amor suficiente para seguir. Punto. Lo miro y me intimida qué el haga preguntas como si fuera un abuelo viejo. Así son los niños ahora. Ella no me pregunta nada. Sé que me quiere y no quiero decirle nada. No puedo dejar de mirarla y, cuando cruzamos las miradas, comprendemos que ambos nos queremos, pero que no vamos a estar juntos. A mí me daría miedo lastimarla. Y ella -creo- sabe que no puede obligarme a nada. El niño es una dulzura y se nota que va a ser un buen hombre. Hay veces en que conversamos largo de muchos temas, pero no de amor. Entonces me siento en paz. Cada vez que puedo veo a mi hijo, salgo con él, lo consiento y le doy consejos. Lo escucho harto. Al devolverlo con su madre, me cuesta irme. Muchas veces me quedo mirándola largo rato hasta que me vence el recuerdo de mis obligaciones del día.

Año 2042

Yo conseguí mi propia felicidad también. Tuve dos niñas y son unas bellas mujeres ahora. Me esforcé en amar. Quería tener seguridad y sentirme sin ataduras. Pero valió la pena esta nueva vida. Mi mujer -nos casamos para asegurar el futuro- es muy cariñosa, buena mamá y nunca está nerviosa ni pasa por estados de angustia. Ella me hace bien. Es como una medicina. Hasta dejé de fumar de tanta tranquilidad con la que vivo. Entendí que la soledad es válida para algunos, pero a mí me gustaba luchar por algo y ahora lo tengo. Todo es cuestionable, lo sé. Por eso somos individuos y mentes únicas. Me gusta estar en el lugar que estoy. Siento el amor en el alma. Y confieso que mi mujer se parece mucho a la mujer de mi adolescencia. Qué sorprendente es la vida.

Año 2052

Mi primera mujer amada fue ella. Nunca dejé de quererla. Mi amor evolucionó a devoción. Mi primer hijo, otro que tuvo ella y las niñas, se llevan bien. Peleé harto por esa cercanía y para que comprendieran que había que aceptarse. Mi mujer recibió la misma historia de mi hijo. Una mentira blanca no daña a nadie, pero, muchos años después, igual la conté entera y lloré mucho. La historia hirió a todos. Me odiaron un buen rato. Me costó ser perdonado y volví a la soledad como una especie de castigo. No sé si vale la pena ser sincero siempre. No todos están preparados para la verdad. Por eso que asumí las consecuencias: el silencio incómodo, la desconfianza y la conversación privada que vino a hacer la chica de mis días con mi mujer cuando decidí irme de la casa un tiempo para evitar más problemas. De todas formas, yo sentía que ambas se parecían en su forma de ver las cosas y que podrían resolverse sin dolor. Semanas después, cuando regresé a casa no hice preguntas de esa conversación. Tampoco quiero saber. Me bastó con la paz que tuvimos todos. Agradecí todo sin decir nada. 


Somos una familia moderna. La madre de mi primer hijo tuvo su historia de amor: un hombre risueño y que noto que la hace feliz, porque se sonríen y ese es el mejor signo de que una relación es buena. Yo y mi esposa los recibimos unas dos veces al año. Los hijos se divierten solos; tienen que disfrutar su juventud y pasarla bien. Me gusta verlos reír y que se sientan cercanos. Yo creo que uno igual manipula mucho la vida cuando quiere ser feliz. Y no les voy a mentir: siento un amor único por aquella chica que siempre está en mi mente. No me la puedo sacar de la cabeza. Yo creo que a todos les ha pasado esa gran pena de querer y no poder. Pero uno bloquea fuertemente ese pensamiento y lo libera en la soledad de la melancolía que nos deja la vejez. Me gusta verla de vez en cuando a escondidas para simplemente conversar. No nos hemos tocado ni una sola vez desde el hotel, pero esa cercanía es todo lo que necesito. Cuando ya todo termina, vuelvo a casa un poco más tranquilo. Un poco con cara de infiel, pero no digo nada. Cuando se respetan los límites nadie sale dañado. Pueden pensar en que quizá algo pase, pero no. Eso no está en ningún plan. 

Sin amor no hay vida ni muerte feliz.

Año 2062

Yo sentí un frío terrible. Aún no podía creer que murió. Yo estuve largos años aceptando quedarme sola. Tuve este hijo y después, con mi marido, tuvimos otro, porque no iba a dejarlo divertirse solito. Mi pareja es un tipo lindo. Podemos ser muy aburridos los dos, pero acepto esta tranquilidad sincera. Yo amé a aquel hombre que conocí a los catorce años y acepté la derrota con inteligencia. Me gustaba sentir la vida maravillosa imaginando un amor bonito con él. Como no pudo ser, armé mi propio camino. No iba a quedarme sola de por vida. Yo no insistí en nada. Las cosas resultan o no y pude adorar de lejos y en mis pensamientos a ese tipo que no iba a estar conmigo nunca. Fue un amor idealizado y no correspondido y eso me dio fuerzas e ideas para evitar muchos errores en busca del amor perfecto. Me tenía que dar un vida también: de santas no es esta tierra. A veces, hablar de amor siempre hace sentir bien

Estuve por largos años sola. Estaba acostumbrada a cumplir mis metas y luchaba sin pudor por ellas. No me dio vergüenza lo de pedir un hijo. Sólo tuve miedo de no cumplir ese sueño. Suena vulgar, pero me inspiré en una historia de una señora que hizo lo mismo y que ni siquiera contó quién era el padre, yéndose con el secreto a la tumba. Con el tiempo una se da cuenta de que en esta batalla por la maternidad hay más mujeres en la misma situación. Después encontré a mi marido y me acomodé a su cuerpo y a sus abrazos y tuvimos un hijo. Le conté todo sin miedo a perderlo y le dio igual y ¡por Dios que me relajé! Tenía miedo, pero arriesgué todo para no vivir con la angustia por mi sensación de culpa. Con él supe que la vida te da oportunidades. De todas maneras, me sentía como una bruta insensible. A veces me siento culpable y otras no. En fin, Dios sabe que, por lo menos, actué con conciencia. 

Ahora se ha ido y me quedo con una sensación de duelo muy rara. Ya conozco los preparativos y los dejo a los niños. En este momento hay un silencio profundo en esta casa. No quiero ruido. El dolor igual es fuerte y tranquilo a la vez. Me quedo llorando en la intimidad de mi cuarto. No quiero que me vean. Quiero sufrir sola, porque aún en mi cabeza hay pensamientos sensibles que me reservo para no causar daño. Es emocionante la vida. Pero una vida bien vivida es hermosa de todas maneras. Lloraré por todo lo que fue y lo que pudo ser. Estoy vacía. El amor bonito no se olvida. 

Vienen días tristes. Espero ser fuerte para evitarla en mí, en los demás y en los que vienen. Debo soportar, debo seguir viviendo. 

Ojalá les haya gustado mi historia.
Y recuerden que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

lunes, 23 de junio de 2025


El cuerpo sólido
Alik Handru, microcuentista chileno.


Tú habitas esa pared de huesos y piel, de sangre emotiva y de carne.

Hoy fuiste al supermercado y compraste naranjas y un chocolate amargo. Caminaste por esos pasillos y chocaste a algunas personas. Querías dejar de pensar y lo lograste. Empezarías de nuevo la vida habiendo olvidado toda la anterior. No se puede.

Conectaste con alguien que te llamó la atención y le hablas a veces. Sabes que te desea y tú ya te enamoraste. Caes en ese sosiego del placer, de verle la cara por la pantalla del teléfono y de escuchar que habla y habla hasta que logras interesarte en sus temas. Pero no: tú sólo quieres que te quieran y sueñas con todos los mimos y palabras que siempre estuvieron ausentes cuando más lo necesitabas. No puedes volver a atrás. En esos ojos que te tocaron no puedes disimular la soledad. Sé qué me dijiste que buscabas el amor, esa media mitad prometida en la mitología que aprendiste en tus primeros saberes. Buscas el ideal, alguien perfecto y que corresponda con tus propias formas, como un espejo que repite todo perfecto y tal como es. Yo te quiero feliz. No pongas tantas condiciones.

Hace días empezaste a aislarte de nuevo también. Quieres que todo te llegue a la puerta como si fuera un sueño lleno de posibilidades. Amas los sueños, sientes que te dicen algo del futuro, pero sólo te muestran tu estado actual. Yo sé. Ya tienes tu soledad y sientes que eso es lo correcto y lo mejor, pero hay una parte de ti que sabe que no, que necesitas salir y hablar y formar amistades perfectas e imperfectas. No pidas lo que no eres.

En la televisión, ves una serie de muerte y de reencarnación. Te gusta que el personaje muera para volver a nacer y a hacer las cosas mejores. La sientes como parte de ti, como una parte de tu propio cuerpo. La historia te seduce y amas todo lo que ves. Te gusta el sufrimiento. Te hace reflexionar. Los personajes sufren y tú siente que tu dolor es más fuerte. Apoyas el llanto de los protagonistas y casi lloras. Es empatía y viene la antipatía. Hay música de piano. Siempre quisiste aprender piano, pero no concretaste. Ojalá lo retomes. Pero tu inspiración se desvanece al recordar que dejaste de querer a algunos cercanos que tocaban el piano. No sabes si los odias ni tampoco quieres saber si los perdonaste, porque no están ahí contigo apoyando tu estado ausente. Sientes que ellos te han quitado la pasión por la música. Eso es un detalle consciente. Ellos ya no son tu luz. Ellos son luz de otros lados y de otras personas. Ya apaga ese resentimiento. Duerme, es de noche.

Te desvelas. Yo te digo: no puedes salir. Estás en este cuerpo. No es definitivo, claro. Sabes que debes estar alerta. Una emoción muy mala puede provocar alguna enfermedad terrible. Sabes secretos que a nadie le importan. No debes sobrepensar. Pero te cuesta y luchas con tus obsesiones hasta la derrota. Buscas sacarlas de tu mente como si pelearas a muerte con ellas. Si usaras un arma sería un alivio inmediato. Que no te ganen la pelea esas rabias ni esas tristezas. Son gusanos que corroen el cuerpo hasta matarte.

Esta noche te apoderas de energía para lograr tu paz. De eso se trata todo. Cuando sabes la verdad y la tuya también, te relajas. Sé que quisieras haber sido más inteligente y fuerte. Hay tanta imperfección, tanta incredulidad, que fuiste parte de esos errores. Lo bueno es que no lastimaste con odio ni con venganza. Deja ser. A veces tendrás que rendirte para salvar tu vida. Te duermes ¿Te aburro? Quizá sólo te he relajado de tanto hablarte. Duerme. Duerme, espíritu. Descansa un rato.

Eres importante. Sé que quisieras trascender más allá de lo posible en este mundo, pero es tan corta la vida, que más vale reír y bailar y amar sin medida. Comprende: el fin es desconocido, el fin es una sorpresa. Deja que el agua del río te lave los pies. Deja que todo sea. No te quejes. 

Estoy contigo para traerte calma. Yo soy dos veces. Te amo y prometo amarte siempre. 

Las cortinas dejan entrar la luz y el calor del sol te anima.
Es hora de vivir un nuevo día.

Despierta.

viernes, 2 de mayo de 2025



Sobre la tierra

Yamil toma el agua de su botella y cae al suelo. Cae al suelo, desfallece, pero no morirá, porque el amor más inmenso no lo deja morir. No quiere morir sin el beso de la mujer pequeña y difícil: Kaisa.

Allá está, Yamil, allá lejos, donde te evita, porque no te ama, no te ama, no te ama como tú corazón la ama. Entonces Yamil se va caminando de la ciudad a las tierras de la muerte. Camina esperando que Dios le traiga el amor a su puerta, a su lado, a sus manos de ternura y a su boca de deseo. Yamil camina por la tierra ochenta pasos más y ya sabemos que está en el suelo sufriendo; y llora, porque hay algo que no quiere aceptar: sabe que no hay oportunidad.

Kaisa está lejos en otra ciudad a mil kilómetros de distancia. Nada se sabe de ella. Es un secreto que no sale a la luz. No hay forma de hacerla ver el amor. Yamil le ofreció la vida entera. Ella no dijo nada. Quizá no le creyó. Quizá tenía otra promesa de amor. Quizá también sintió que le faltaba algo que Yamil no tenía. El amor es algo tan recíproco, que no puede existir si uno de los dos no siente nada. No enciende. No prospera. Es una completa ilusión y una mentira terrible.

Yamil está derrotado. Su única esperanza es un encuentro casual. Kaisa lo tiene bloqueado en las redes sociales, en las llamadas y en toda forma de comunicación. Yamil está enamorado y puede que pase la vida entera sintiéndose perdido y solo. No amará de otra manera. No lo molestará el tiempo ni el dolor. Yamil espera y espera. 

Yamil vuelve en sí.

No pierdas la cabeza.

Yamil vuelve a casa. El sentimiento de completo vacío y de soledad lo llena de amargura. 

La noche es una pausa. 
Las estrellas brillan como ojos tristes.

domingo, 5 de enero de 2025


El sol
Alik Handru, microcuentista chileno.

Me ha nacido un sol en medio del pecho. Dicen que así nacen todos los soles después de miles de años. No me permití mucho asombro en estas tierras ocultas. Nadie baja a la ciudad. Acá en el campo los misterios no se explican. Es parte del silencio y de paz que se quiere conservar. A veces quiero viajar y conocer el mundo, pero no creo que aguante tanto. Dicen que allá todo es violencia y hambre, lujos insostenibles en medio de pobreza; dicen que hay sustancias que hacen que las personas se vayan de su mente y que nadie vive honestamente. Eso me había asustado. No quise irme lejos. Más me tenía preocupado el sol en medio del pecho.

Yo sabía que tenía que irme, pero al cielo de arriba. Sabía que, cuando mi sol creciera más, era inevitable mi partida. Mis padres oraban por mí. Ese amor se pegó en mi alma y fui a hablar con ellos:
-Papá, mamá: déjenme. Es sólo un sacrificio bondadoso.

Mamá y papá me miraron con resignación. Entonces aceptaron que debía cumplir un destino más grande por ahora. No lloraron. Encontraron la paz en nuevas formas de abrazarse y de decirse palabras dulces. Tuve otros hermanos; sus ojos eran risueños y advertí que serían pura felicidad para todos alrededor. La tierra, la familia y la gente ya tenían una herencia.

Llegó la noche y yo debía esperar el amanecer. Antes de la última oscuridad, ardí en luz y calor y me elevé al cielo. El otro sol se apagó y retomó su forma humana. Lo vi irse contento cuando se despidió con un leve gesto de gratitud. Yo sonreí.

Cinco mil años han pasado en mi espacio. Recuerdo a mi familia y creo que ya entendí por qué hay tantas estrellas. He comprendido que el tiempo me ha permitido vivir toda una historia en unos minutos. Sé qué veré la tierra iluminarse de amor y también veré el despertar de muchas vidas. Acá, donde estoy, no se sufren cosas malas, porque soy pura luz. Me invade una sensación de amor inmensa; cada oleaje de bienestar lo ocupo para multiplicarlo y transformarlo en energía para todos allá en la tierra. No me siento solo. Me gusta saber que aún hay más transformaciones que vendrán pronto. Tengo un propósito, una meta, paz y un destino que me falta mucho por comprender.

No se desanimen con la falta de luz. Cuando los pensamientos más oscuros los agobien, piensen que el sol está ahí para traer la luz y la esperanza de la creación. Nadie está solo.

miércoles, 1 de enero de 2025


El hilo negro enredado
Alik Handru, microcuentista chileno.

Siempre fue vestida de negro. Pero no sabía por qué. Así diseñaban toda su ropa y gastaban bastante en hilo negro. No usaban otro color en su ropaje. La vestían así y quedaban felices. Aunque ésta es la imagen típica de la muerte, dicen las escrituras que es un ángel, un ángel blanco e impertérrito de un Dios que no deja comprender aún todos los misterios de la vida que conocemos hasta la fecha. Quizá nuestra mente mejore con los siglos y podamos adentrarnos en esas cosas de las que nadie quiere escuchar. Las historias vienen y van. Las ideas son eternas y permanecen guardadas para heredarlas una y otra vez hasta que sean superadas por otras mejores.

El ángel de la muerte sabe nuestra fecha. Dios lo envía. Es lo único cierto.

Mariano fue como cualquier otro niño encantador. A pesar del amor, de la educación, la vida haría de él un hombre de mal. Su valor se midió en medio de cuchillas y de armas. Había desafiado al más malo de todos y pasó lo que ya sabes: recibió cinco disparos en el cuerpo y quedó tirado en la calle hasta que lo encontró la policía con su madre suplicando otra oportunidad. 

Todavía resuenan en mi cabeza los secos lamentos de su madre al escuchar la noticia no por dolor, sino por paz, porque ella esperaba ese final.
-¡Hijo mío! - gritó y no hubo más voz ni brotó una sola lágrima.

Sangre. El dolor, limpiar esto, si sé, lo sé, este llanto, esta resignación, este alivio. Porque yo estaba esperando, en mi parte más oscura, su muerte, que es la paz también para los demás. Ya no quiero ser madre. Sólo quiero saber que ya se acabó. Trajiste sufrimiento, Mariano, trajiste dolor y ese dolor lo cargó cada persona que te amó. No sabes cómo me siento, cuánto te quise, cuánto daría por haber hecho algo más. Yo te siento y me hundo en este silencio incómodo y malo.

El ángel había cumplido su misión y no volvió a saberse de Mariano. Las flores se secaron sobre su tumba y luego fueron a dar a la basura. 

El hombre hace al hombre y también lo destruye. 

Dos mujeres que no se conocieron buscaron la forma de morir casi al mismo tiempo. Nadie las detuvo. Dicen que sus decisiones fueron motivadas por hombres tiranos y malvados que las colapsaron. No soportaron la presión, pero tampoco tenían que hacerlo. Se paralizaron y no huyeron como pensaríamos. Se cree que ambas sintieron lástima de esos hombres: ¿quién los iba a querer? Creyeron que los podían hacer cambiar. Entonces tú te preguntas cómo alguien puede influir tanto en tu mente y lo ves simple y concluyes que esa persona es débil o influenciable y no aceptas otra opinión. Notas algo distinto ahora que buscas entender. Recuerdas que, muchas veces, tu mente no da para más e intentas olvidar todo y te distraes hasta que te vence el sueño y despiertas y no se ha ido nada del agobio que no te deja descansar ni dormir ni soñar bonito. Ambas nunca se conocieron ni sabemos si se conocerán. Ambas fueron a comprar una soga y hacen lo que intuyes: se ahorcan. La vida no les da ninguna esperanza ante una persona horrible que pensaste que te amaba. No supieron cómo luchar. Estas mujeres son hermosas. Su pelo es largo, muy largo y cae, flota y va y viene. No debiste imaginar esa situación.

Las dos mujeres fallecen y nadie quiere acordarse de ello. Todos quieren saber por qué ha ocurrido. No hay carta ni nota de despedida. Entonces las encontraste meciéndose, vomitas y algo de relajo te da esa purga. Consigues olvidar después de años, pero sientes culpa por no haber hecho algo. No había nada que hacer. Su familia baja la cabeza y se siente culpable de por vida. La tristeza no se va del corazón cuando se amó de verdad.

Me gustaría morir en el sueño.

Cuando niños nos permitimos hablar de la muerte. Nadie pensaba en eso. Pero nos juntamos en el patio de la escuela y estuvimos de acuerdo en que morir en el sueño era la forma más agradable e indolora de dejar el mundo. Pero éramos chicos y no sabíamos el alcance de esa conversación. Vino un silencio grande y luego dijimos que mejor nos íbamos a jugar y así lo hicimos, pero yo sé que esa conversación tan íntima haría trauma. 

Crecimos. Rami murió electrocutado junto a otro trabajador mientras intalaba unos cables en un ducto bajo tierra. Alguien dió el paso de la corriente sin saber que ellos estaban ahí. Era un tipo grande y siempre se burlaban de él. Daba puñetazos y siempre andaba enojado. Tenía buena situación y creo que eso molestaba a los otros, porque siempre llegaba con cosas caras y uno ni hablaba, porque nosotros apenas teníamos dos monedas únicamente para comprar dulces y pasar el hambre de estar todo el día encerrado aprendiendo a ser mejor o a ser peor. Entonces hubo duelo y ese silencio que siempre acompaña a la muerte. 

Siento que necesito desahogarme de eso y más.

Alberto era algo callado y tampoco conoció a las dos mujeres. Supe que también se quitó la vida. Era huraño. Era alguien difícil de tratar. Jugaba como cualquier niño, pero había algo de violencia en su actuar, algo que sólo sirve de detalle. Recuerdo a su madre. Ella parecía ausente de la crianza de su hijo. A veces creo que ella le tenía miedo a su propio hijo, incluso desde pequeño. Las madres saben siempre cómo termina la historia de cada uno de nosotros desde el primer día en que nos miran el alma a través de los ojos. Alberto murió de veinticinco años y fue olvidado.

Cada muerte que hemos conocido necesita un desahogo, una conversación para liberar ese monstruo destructivo que es la angustia, el nerviosismo o el miedo. Cada muerte es un porqué y luego seguir adelante. Y nos sentimos solos y desamparados.

Escúchame: he sentido mucho dolor y no lo he comunicado. Estas líneas ayudan un poco. Hablar y hablar. Necesito decirte que me he sentido triste y asustado. No me quiero morir. Me da miedo vivir. No quiero perder a nadie. Quiero que todos vivan para siempre y que sean felices. Aún lloro por los que no pude salvar. Quiero entender igual que todos. No hay que morir sin haber sido feliz. ¡Oh, Dios, cómo puedo vivir con esta incertidumbre!

Quiero salir a fumar. 
Déjenme solo.
Gracias por comprender.




        

sábado, 30 de noviembre de 2024



 Chisme aburrido


Hay una señora que vive al lado de mi casa. Puede que sea jubilada. Es tan vieja como yo, pero estoy segura de que cree que es joven. Suele pasar que creemos que los demás están más viejos que uno, pero es simple impresión y consuelo de autoestima de última temporada.

Ayer estuve mirando el paisaje desde mi casa. Cierto que vivo en una delicada altura. Puedo ver el riachuelo que recorre el pueblo en estas afueras y me consuela saber que no moriré de sed por si se asoma una catástrofe mundial o el fin del mundo como anunciaban todos esos fanáticos religiosos. Creo que, desde la infancia, uno debería ir a clases de madurez y de sentido común para no caer en la estupidez tan fácilmente.

Hoy vi a la vecina cortar los árboles con un sombrero de paja, idea tomada, creo de antiguas películas en blanco y negro de jóvenes amas de casa idealizando su vida matrimonial, una idea de mierda pensada por hombres de mierda. Muchos de esos viejos maridos aún existen y no saben ni siquiera freír un huevo o untar mantequilla a un pan. Podrían vivir en un restorán de por vida si así pudieran ser atendidos; a veces creo que toda esa horda de ancianos en casas de reposo fueron mujeres que nunca movieron un dedo y hombres que se casaban con el único propósito de tener una mujer que les sirviera.

Nací sin ganas de vivir. Soy sincera. Todo se me hacía aburrido. No sé por qué debo participar de la vida de otra gente. Fui huraña toda mi vida. Cuando me puse a observar la vida de la mujer de al lado de mi casa me di cuenta de que compartíamos el mismo odio por todo. Y no quería ser la receptora de esos malos sentimientos, así que empecé a ignorarla hasta que la olvidé.

Fue una decisión terapéutica. No tenía que preocuparme. No fue fácil escapar del chisme. Un día me topé con ella en un almacén comprando carne. Miré sus manos amarillas y arrugadas y luego miré las mías. Entonces no quise verla más y empecé a detestarla.

Mi primera forma de eliminarla fue plantando arbustos en el límite de los sitios. 

Luego pude colocar arbustos para usarlos como cortinas frente a las ventanas para que evitar su presencia ante mis ojos.

Finalmente, dormí en paz. 

Con los meses, ella dejó de estar en mi mente. Me había puesto a tejer y fabricar colchas de colores como toda una abuela clásica y aburrida. Tuve abundantes ideas de cómo hacer las cosas. Me sentía feliz y no tenía que pensar en nada.

No todo fue tan feliz en medio de ese paisaje de descanso. Un día me puse a mirar por entre medio de los arbustos y vi a la mujer tirada en su patio. Al lado, un perro pequeño la acompañaba y gemía de angustia. Me puse una de mis colchas y caminé hasta la puerta de entrada de su casa. Demoré en dar la vuelta y más me costó comprobar si estaba viva. Ocurrió lo obvio: mi vecina estaba muerta. Hacía frío y no sé por qué pensé que esa mujer vieja también se congelaba, así que la cubrí con mi manta y llamé a la policía. 

Cuando llegó la policía conté lo sucedido y me dejaron ir.

Volví a casa y perdí las ganas de tejer. Me costó dormir por varias noches y, cuando algo pude dormir, despertaba cada una hora en la madrugada.

Llamé a mi hijo y quise contarle toda la historia, pero él se limitó a decirme que quizá fuera mejor que volviera a la ciudad porque si me pasaba algo, había un hospital cerca.
- Gracias, me gusta esta vida.
- Mamá, no quiero que te pase nada malo. Yo sé que es bonito allá, pero deberías pensarlo y…

No seguí escuchando lo que me hablaba. Tomé mi auto y manejé al pueblo y compré cigarros y una botella de vino. Volví a casa y fumé y me tomé toda la botella hasta que me dio sueño. Cuando desperté, todo seguía igual y ni yo ni nadie había cambiado al mundo como han soñado todos los que no tienen nada útil que hacer.

domingo, 11 de febrero de 2024


El vacío y la piedra

Ella tomó su rabia y la puso a disposición de sus actos. 
- ¿Quieres que te lleve a dar una vuelta? -dijo Bruno.
- No lo sé. Es tarde. Hace calor. La mala suerte de estos cambios en el mundo me agobia.
- No es para tanto, Lucía. Hay cosas peores.
-Tú no sabes cómo me siento.
- Sí lo sé. Todo pasó porque no quisimos tener hijos. Recuerdo cuando dijiste que un hijo no te haría más feliz.
- Eso ya no tiene vuelta. Quizá es otra cosa.
- Es parte de vivir solos. Ya no se hacen amigos como a los veinte años.
- ¿Qué sabes de cómo se siente una persona?
- Lo puedo imaginar. 

Bruno aceptó quedarse en silencio. Fue a ducharse después del sexo amoroso que aún mantenía con Lucía. Es que ya sólo quedaban ellos, los amigos, los conocidos y los familiares que se acordaban de ellos. Bruno se bañó con agua fría. Lucía había abierto una ventana y dejó entrar el frío de las dos de la mañana.

Lucía esperó un rato y se quedó inmóvil, sentada esperando que el frío aplacara su rabia, su destino y su soledad. Entonces tomó varias cosas que ya no tenían sentido para sus sentires: fotos viejas que rompió en pedazos, decoraciones, libros, recuerdos de viajes y de años pasados. Lo echó en una caja y los dejó a la vista, porque pensaba en dejarlos en la calle para que se los llevara la gente.

Bruno caminaba desnudo en la habitación, pero Lucía ya estaba acostumbrada a esa valentía. Ella aún no era capaz de aceptar la vejez que empezaba a pintarle el pelo de blanco. No eran viejos, pero tenía ella la necesidad de esconderse de su propia imagen. Bruno la vio cerrar los ojos y la acarició delicadamente, sabiendo que ella estaba cayendo al vacío y que no podía llenarlo ni con todo el amor que sentía. 

Bruno se vistió y salió con Lucía a caminar en ese desvelo nocturno. Llegaron a lo alto de un cerro que dominaba la ciudad. Entonces vio una piedra grande, la tomó y la lanzó contra unas botellas tiradas en el suelo. Cuando todo se quebró, Bruno la dejó sola. A lo lejos había jóvenes quemando neumáticos. Parecían adorar el fuego como los antiguos habitantes del mundo. Lucía ya estaba apaciguada, pero también adoró el fuego y el humo que dominaba el ambiente con un olor pesado. 
Habló un poco.
- Bruno, déjame sola. Sólo déjame sola y vete. Conquista a otra mujer. Vive. Aún tienes tiempo de ser feliz de una manera más normal.
- No…Lucía, sabes que no me quiero ir. 
- Sólo hazlo. No me necesitas.

Al día siguiente, Bruno debía trabajar. Lucía lo besó al despedirse. 

Cuando Bruno volvió por la tarde, Lucía estaba rígida, con la mirada llena de vacío. No se movía y pesaba como una piedra. Bruno la movió y no la pudo traer de vuelta. Estuvo haciéndole cariño y diciéndole que la amaba, pero ella no respondía. Quiso llamar una ambulancia o pedir ayuda, pero no quiso vivir ninguna pérdida. Bruno se acostó al lado de Lucía y esperó pacientemente que ella despertara.

Lucía despertó y vio un cielo lleno de estrellas. A su lado estaba Bruno dormido y enamorado. No quiso avisarle de sus próximos pasos.

Alik Handru, microcuentista chileno.

jueves, 28 de septiembre de 2023


No sé decir que te amo

Claudia vio la ruptura. No dijo nada. Siguió con la rutina a pesar de que no había ni una sola gota de amor. Pensaba si decirle que todo terminaba o no. Ese día él ya había hecho un plan para el fin de semana. Claudia dijo que estaba bien. Entonces pensó si ir a la playa la dejaría aliviada de terminar una relación gastada. Claudia no sentía amor ya. Tenía el hábito. Tenía la rabia de no ser valiente para decir la verdad. Claudia tomó la firme decisión de no pensar en nada ni en nadie. Entonces se dejó llevar ese sábado por el oleaje y su mente se dejó llevar por el amor de él. Se sintió liviana y dejó que el tiempo pasara siendo feliz sin pensar. Quería saber que así era fácil, que así no haría daño, que así es la vida. Y no se dio cuenta de los días ni de los años. Sólo disfrutó esa situación de promesa de vida feliz de película. No fue sincera con ella misma ni con él. Así es como te dejas llevar por ese amor que te llega inevitablemente y agradeces que te amen. Y sigues el camino elegido para no pensar ni caer en una fuerte depresión. Claudia esperó el día y la hora en que se sintió más fuerte para huir sin decir nada, cambiando número telefónico, cerrando la puerta, llorando en su habitación con la puerta cerrada allá bien lejos. No había nada que celebrar. Él la buscó porque siempre la amó. Y aunque consiguió su paradero, tocó la puerta hasta que lo venció el cansancio. Sé que Claudia quiso abrir para ser abrazada de nuevo sin condiciones, porque él la perdonaría una y otra vez; él estaba ahí, él la amaba. Claudia quería empezar de nuevo, pero en su corazón seguía apegada a él y no podía sacárselo de la cabeza sin saber por qué. Claudia hizo un duelo especial por aquel amor que no supo devolver. Después de un año recién se atrevió a salir con alguien de nuevo. Sentía miedo de herir a su antiguo amor. Claudia ahora sentía que podía amar, pero sabía que iba a comparar el amor recibido. Claudia no pudo aguantar el miedo a perder y, antes de cualquier decisión, fue con su antiguo amor a disculparse por irse sin explicaciones, pero no dijo la verdad: no dijo que nunca lo amó. Sólo se disculpó por ese desaire violento. Él la escuchó y la miró a los ojos. Ella también lo miró y quiso decirle que lo quería, pero sabía que era tan poco, que no merecía hacerle creer que tenía esperanzas de volver a estar juntos. Claudia se fue otra vez a su cómodo lugar y sólo pensó en su nuevo romance sería bueno y perfecto. Y sí, fue como esperaba. Sin embargo, el recuerdo de su antiguo amor no la dejaba nunca estar tranquila. Vivió feliz tanto tiempo como uno quisiera. A veces viajaba por las calles de la ciudad de su viejo amor tratando de encontrarlo para que le diera el descanso que necesitaba. Manejaba su automóvil escuchando canciones antiguas. Lloraba de nostalgia. No lo encontró. Nunca tuvo éxito. No preguntó a los viejos amigos ni lo buscó en las redes sociales. Claudia siempre lloraba. Porque los años pasan y siempre un amor y una bonita historia nos harán doler el alma.   

sábado, 26 de noviembre de 2022

Lenvantarse y amar



Levantarse y amar

Fernando se levanta y desayuna. Vive en el séptimo piso de un departamento rodeado de otros departamentos. Hace años que no conoce la tierra o el agua de allá lejos, de los recuerdos, de los paisajes conocidos y por los pasajes misteriosos de las piedras gigantes. Eso ya no le preocupa, eso es otra época. Ya ha batallado; ha sido vencedor y ha sido derrotado. El paisaje es otro ahora. Éste es el futuro que nadie imaginó.

Fernando se sumerge en esa monotonía y en esa estructura. ¿Qué haré hoy? Entonces, con la espera del amor, recibe el mensaje de Ana. Escucha la voz de Ana y ella habla dulce y calma esa agitación y parece ser el remedio para cualquier malestar corrosivo. La ciudad está organizada y entrega todas las posibilidades. Eso piensa Fernando. Todo es llegar, presionar botones y recibir lo que se quiera. Fernando espera que ella termine de aliviar y animar su mañana.Fernando contesta. Dice que quiere salir a la montaña y nadar en el agua fría del río en su propio origen. Ana está de acuerdo. Pasará en una hora por él.

Fernando me pregunta si quiero ir. Respondo que sí. Esa ternura me fascina en su voz de amor. Le digo que me gusta contemplar ese verdor y esas flores y cactus, espinos y eucaliptus, pinos y quillayes de las montañas. No sé si sea por cultura, pero me gustan las flores. No podría odiar la belleza.

Veo a Ana llegar y me gusta ver su pelo flotar al viento. No sé si lo advierte, pero estoy en ese límite entre la felicidad y la tristeza. No distingo eso. Ana me besa y me hace sentir que este día se hace más agradable. Me gusta que ella se ponga sus lentes para el sol. Respeto esa privacidad, porque yo también los uso para que no me pregunten nada.

Vamos a la montaña y el ascenso me llena de ese aire fresco. Nos detenemos en un mirador y tomamos fotos. Yo evito aparecer. Pero me gusta ver a Ana siempre fresca, siempre buscando la belleza en todas partes.

Fernando parece siempre estar igual. A veces sé que simula una normalidad y quisiera saber qué le pasa. Nunca me cuenta qué siente. A veces debo esperar todo el día para que alguna palabra de ese mundo interior se libere y se comunique. Me gustaría tener esa confianza de alguna gente que se habla toda intimidad, incluso en presencia de extraños. Recuerdo esas familias donde todo se hablaba y donde todos parecían ser más felices por hablar y por ser escuchados. Entonces yo las observaba y me preguntaba si yo había crecido en una familia rara, donde los secretos y el silencio, la omisión y el juego de palabras habían nublado mi juicio. Me costaba acceder a Fernando, pero me conformaba diciendo que ésa era su normalidad.

- Ana, ¿vamos a comer algo? –
- Ya, vamos. Quiero comer helado.
- Yo también. 

No hay nieve cercana. Ya casi llega el verano. Ana y Fernando no se sacan sus lentes. El sol está fuerte y hace calor. El agua suena cerca. El río lleva la vida a la ciudad. Fernando y Ana disfrutan el viaje y se toman la mano con frecuencia. Me gusta ver esa delicadeza propia de quienes ríen de amor. Tan potente es el amor, que vuelve cursi a todos por igual.

Ana está contenta, lo sé. Y quiero que esté siempre igual y quiero que esté conmigo y quiero que siempre sonría y que sea eterna. Me gusta que siga mis chistes o mis estupideces. Me gusta que esté en la cama haciendo juegos con mi cuerpo y que me deje dormir apoyado en su regazo. Me hace sentir protegido y que nada más importa.

Comimos helado y ese día fue bonito. Fernando rio bastante, nadó en esa fría agua de la montaña y yo sentí que volveríamos a su departamento y que dormiríamos desnudos sobre la cama mientras el aire nos mecía hasta dormirnos. Imaginé que despertaría con él y que el deseo de adorarnos el cuerpo con besos y caricias alcanzaría el mediodía. Fernando dijo que ese día había sido feliz. Eso dijo. Eso recuerdo. Entonces no me invitó a quedarme con él. Me pareció raro. Así que ese domingo desperté y me levanté para escribirle un mensaje en el teléfono. Pero no contestó. Y me costó aceptar que ya no me podía levantar y decirle que lo amaba al mismo tiempo.

La ciudad se lleva todo rastro de imperfección y recubre el pasado con otras vestiduras. Entonces buscamos la fiesta y el frenesí. Algunos abandonan la ciudad y se van a vivir al campo. Las casas cada vez están más caras. Todos quieren volver a la tierra para contemplar el cielo limpio y suspirar sus sueños de libertad. Ana no volvió a la ciudad. A veces la veo sola sintiéndose culpable. Le digo que todos tenemos culpas y que elegimos volverlas invisibles con el olvido. Así me la llevo con ella. Siempre termino diciéndole que deje a Fernando en su propia lejanía y que, si ya no está, no ha sido por maldad, sino porque hay personas que no tienen la fortaleza suficiente para soportar las duras pruebas que ellos mismos eligieron padecer. Son decisiones íntimas que, veces, parecen conformar aquello que llamamos destino. Ana me mira. Sé que si me presta atención es porque quiere sentirse mejor. Trato de mejorar su ánimo y me esfuerzo. No hay olvido. No se sabe por qué no podemos sacarnos a algunas personas de la cabeza. No bajo la guardia. Amo a Ana. Ella es así: uno la ama simplemente. La recupero con besitos. Los días buenos son cada vez más. Tomo fuerzas. Quiero una vida con Ana. Por eso parto todos los días levantándome y diciéndole que la amo. 

Alik Handru, microcuentista chileno.

lunes, 25 de julio de 2022

El que ocupa 

«Imagínalo».
Pan, Margaret Atwood.

Hay personas que viven con él: el mal. Comienza ingresando en su odio. El mal ocupa espacio y traiciona sus mentes, haciéndolos huraños, ajenos a la humanidad, raros, crueles.  No se dan cuenta. Ese mal juega con sus mentes y no hay poder médico humano que lo cure. A veces lo adviertes a través de su mirada seca y muerta, sin luz ni amor verdadero. Saben fingir. Y no saben quiénes son. Son miles o millones. Yo te cuento esto para que entiendas que ese mal sólo lo puede sacar alguien que tenga poder para hacerles la purificación y volver su espíritu a su centro. Porque algunos reaccionan y buscan la cura; otros mueren ignorando la verdad.

Un hombre gruñe y golpea a otro. Un foco ilumina el drama. Es la calle y su basura siendo llevada por el viento. Nadie interviene. El mal le da fuerza a uno, agarra la cabeza del otro y la azota contra el piso varias veces. Desde las sombras, una persona luminosa reacciona y le patea los brazos para que no lo mate. Otro hombre toma la cabeza del caído y trata de percibir señales de vida de ese cuerpo dañado por la maldad. Se salvan dos vidas esa noche. La venganza se apodera del vencido y su mal lo guía sin fin hacia una vejez amarga. El vencedor también lo recuerda. Ambos no sienten arrepentimiento.

A veces tienes mucho dinero y te sientes poderoso. Lo ocupas en darte gustos y en parecer que el mundo te pertenece. Entonces recuerdas que saliste de esa humilde casa mal construida y te sientes un poco culpable de vivir a lo loco en medio de gente a la que le importas en billetes y no en consideración sincera. A veces has intentado hacer feliz a una persona comprándole cosas, invitándola a comer a lugares caros y a visitar lugares lejanos de la tierra. Pero ese vacío no se llena, porque quieres más y, la verdad, no hay más. Sólo te queda esclavizar gente para sentirte poderoso. Lo logras con dinero, obviamente. Tu familia te observa y no te molesta. Estás lleno de vacío.

Un niño cae a un canal de agua que bordea todas las casas de ese campo que reconoces. Salta el abuelo a rescatarlo. Lo logra. Lo empuja y lo deja en la tierra. El abuelo no tiene fuerzas para salir de esas aguas y nadie lo escucharía. Se deja flotar, pero el miedo lo va hundiendo en su depresión. Cree que ese instante es su castigo y su redención. Ofrece su sacrificio y no revelaremos sus razones. Se le ve risueño. Algunos niños lo ven durmiendo sobre el agua. Uno lo mueve con una vara. El anciano bosteza, se llena de agua y se hunde. Los niños se sienten asqueados y llaman a algún adulto. Sacan al muerto y lo llevan a la morgue. Huele demasiado mal. Abren todas las ventanas. Nunca olvidarías ese olor.

El tipo cocina de mala gana y queda todo desabrido, dejando un pésimo sabor en la boca. Eso le trae una amargura que lo invade hasta los huesos. Va al baño y se lava los dientes sin mirarse al espejo. Usa enjuague bucal. Come chicle de menta. Ahora se mira al espejo. No puede ocultar el malestar. Camina y entra a un restorán, se sienta y lee la carta, pero nada le apetece. Vuelve a casa. Siente hambre de verdad y prepara comida con mucha paciencia. Olvida su grosera violencia de hace unas horas. Se sirve y come lentamente. Hace ruidos de satisfacción. Uno sabe que si la gente alaba la comida es porque estaba deliciosa. Entonces, al verlo, ya sabes que está satisfecho. Nadie sale lastimado.

Yo vi todo esto y doy fe de que son verdaderas estas historias. Estas son mis palabras y mi silencio también.


sábado, 25 de junio de 2022



Pide y se te dará

Conoció el vacío y esa depresión que le hacía desear dormir todo el día. Entonces quería saber por qué estaba viviendo todo ese caos interno. Tomó las llaves del auto y se enfrentó a su propio presente. Iba con las ventanas abiertas. El viento frío le dio vida. Tomó la ruta hacia un cerro al que le gustaba ir cuando estaba tenso de rabia por no tener respuestas. Allí increpó a Dios y le dijo que ya era suficiente el dolor, que le quitara el castigo y que por fin pudiera vivir contento con la vida. Dios lo observaba desde cerquita. Bajó en forma de camaleón y se confundió con el paisaje.
- ¿Por qué me culpas de tus problemas? – dijo Dios con cara de por qué me buscas con esa cara de aflicción.
El tipo no entendió. Esperó pensar mejor las cosas antes de hablar.
- Sabes – añadió Dios - que no siempre tengo que ver yo con sus cosas humanas. Si la gente hiciera lo que yo les digo - porque soy la perfección - no andarían por ahí sufriendo y llorando a escondidas con la vergüenza de no poder hablarlo con otra persona. No sé cómo aguanto tanta falta de inteligencia.

Dios, en realidad, no habla, sino que despierta ideas en la mente primitiva que tenemos. El hombre no reaccionaba. Entonces rogó a Dios que lo ayudara a sentirse menos solo y más feliz. Dios equilibró cada movimiento en el mundo para que él recibiera lo que necesitaba. No era tan fácil. Casi siempre tardaba algunos días en dar lo que le habían pedido. Él mismo lo había prometido. Dios se acuerda de todo y, a veces no, por eso mandó a escribir algunos libros para inspiración de la gente.

El hombre empezó a mejorar y a tener su propia felicidad. Primero notó un cambio profundo en su estado anímico. Luego, sintió ganas de salir a hacer ejercicio y a compartir la vida con otros. Finalmente, aceptando tímidamente una invitación a una fiesta, conoció gente y un grato gesto de Dios lo acercó al amor que le venía bien. Su cara cambió. Sus ojos brillaron de vida. Con los días, el tipo ya había mejorado bastante, tanto así que no necesitó desahogar su amargura en ninguna parte. Dios lo vio feliz y supo que, por lo menos, había hecho una buena acción para el amor que quiere que se exprese en todo lugar. 

Al tipo lo va a mirar de repente para saber si otra vez anda dando lástima, pero no, nada, lo ha visto bien, sabes, porque tampoco quiero que piensen que no tengo misericordia. Mi paso por la tierra es para que la gente se sienta contenta y llena de amor. Ya hablamos mucho de mí. Los ancianos somos aburridos. Ya descansa. 



martes, 18 de enero de 2022

Tigre



Tigre

Dedicado a un hombre que luchó por ser bueno.


La historia comienza en una discoteca. Tenía ojos felinos. Él me acechaba en la oscuridad, convencido de que lograría tenerme en sus garras. Adivinaba su apetito. Con la mirada, le indiqué que me siguiera. Cuando vi su rostro en la claridad del bar donde nos fuimos a conversar, advertí que sus ojos de tigre estaban atentos a cualquier movimiento. Me dio miedo que fuera serio y bravo, pero esa tensión se alivió con diálogos amables. Lo encontré interesante. Hablamos lo suficiente y acordamos que nos veríamos al otro día, porque ya cerraban el local y nos estaban echando.

Salimos a conocernos. Mostraba una gran ternura en sus gestos, a pesar de aparentar ser un hombre serio y hermético. Era grande y pesado, puro músculo, puro trabajo duro. Era robusto, un poco más que yo. Éramos grandotes. Con los meses, fuimos pareciéndonos cada vez más. Incluso nos dejamos la misma barba, lo que provocó que la gente nos empezara a confundir. Hay fotografías donde parecemos gemelos. Pero eso demoró en concretarse. Debí escuchar una biografía salvaje para liberarnos del pasado y, de esa forma, pudimos construir un futuro.

Se fue relajando con el paseo. Al principio no decíamos mucho, pero, en esas pocas palabras que intercambiamos, lo percibí dócil, dispuesto a darse a conocer y a ser querido. Caminamos largo rato. No hablamos temas personales graves. Hablábamos de cosas divertidas y nos reíamos. Se sabe que ver reír a una persona difícil es la forma más sorprendente para conocerla a fondo. De impulsivo, lo miré, lo abracé, lo besé y se quedó quieto. Respondió con delicadeza, me acarició el cabello y me abrazó lo suficiente para que se entendiera que los sentimientos eran recíprocos. 

Salimos toda la semana para conciliar nuestras soledades. Yo sentía que me había domesticado y no al revés como suele ocurrir. Me había llenado el corazón de amor genuino. Confesamos amores y desamores. Llegamos a detalles íntimos. Calculamos osadías del cuerpo. Pero, primero, acordamos hacernos los exámenes de salud de rigor. Llegado el momento de verlos - con temor, como siempre sucede -, respiramos aliviados, porque es difícil confiar en alguien a la primera. Haríamos todo con métodos seguros.

Llegó el fin de semana y fuimos a amarnos con el deseo de fuego que nos quemaba en cada beso. Lo desnudé y vi que tenía varias marcas en el cuerpo. Parecían quemaduras. Él se dio cuenta de que esos signos me habían llamado la atención. Esos segundos de profundo silencio siempre dejan huella, tal como un trauma, como un tabú, como un acto que ocurre, pero del cual no se habla. 

Esperé largo rato antes de hablar. Acaricié sus marcas. Él cerró los ojos. 
- ¿Qué te pasó en la piel? – le pregunté con un tono sereno. Él respondió de inmediato:
- No me gusta hablar de eso. 

En otra oportunidad, mirábamos el techo después de la desnudez. Estábamos callados. En ese silencio, él carraspeó, me miró a los ojos y dijo que tenía que contarme algo. Nos cubrimos el cuerpo con una manta. Se acomodó, volvió a mirar el techo y habló. 

Crecí en una casa mal construida, sumido en la pobreza de un pueblo de mar. Vivíamos con mis padres, hermanos, abuelos paternos, tíos y primos, todos en un revoltijo de gente yendo de allá para acá y metida en todas partes. En ese pueblo lo conocí. Yo estaba recién descubriendo que era distinto, que mi naturaleza se sentía mejor con otro hombre. No lo puedo explicar. Nadie lo puede hacer, creo: sólo deseas la compañía de otro porque eso te hace sentir pleno y feliz. 

Tenía cerca de dieciséis años cuando nos conocimos. Fue en una salida a la playa. Solíamos tener amigos en común. Bastó una mirada para saber que se nos se nos revolvía el estómago de las intensas ganas de estar juntos. Nos buscamos con miradas y gestos silenciosos. Estuvimos viéndonos a escondidas en lugares secretos. Aproveché un día que estaría solo para llevarlo a mi cuarto. Fuimos descubriéndonos por primera vez. No pudo ser. Estábamos en ropa interior cuando, de golpe, entró uno de mis hermanos mayores. Nos gritó con toda su alma que éramos unos maricones de mierda. Mi primer amor se vistió y se fue rápidamente y no volví a verlo. A mí me tocó lo peor: mi hermano me comenzó a pegar con un cinturón por todo el cuerpo. Me paralicé. Yo no sabía cómo defenderme. Era tan débil en esa época, que sólo acepté ese castigo porque así debía ser para soportar esa vergüenza. Mi padrastro supo de eso y, porque sí o porque no, me golpeaba igual que mi hermano. Según ellos, a punta de golpes me harían un verdadero hombre. Me pegaban por cualquier cosa. No fueron pocas veces y cada vez fueron más duros conmigo. Sólo se cansaron cuando me quedaron las marcas, que no desaparecieron ni con cicatrizantes.  

Nadie de la familia me defendía. Mi madre tenía miedo. Ella ya había sufrido mucha violencia por parte de mi padrastro y yo sé que así fue, aunque me parecen irreales esos recuerdos algunas veces. Eran tiempos antiguos y mi mente tiende a borrar esos episodios terribles. Tampoco quiero hacerle recordar esos maltratos a mi madre. ¿Tuvo ella la culpa de todo lo que me pasó? No quiero saberlo. 

A veces me preguntaba si yo merecía tanto sufrimiento. No, yo no merecía eso. Me llené de rencor. Crecí y, apenas pude, me fui a probar suerte solo a esta ciudad. Meses después mi mamá se hartó y prefirió irse a vivir sola a otra parte del pueblo. Al hermano que me golpeó, no le hablo. Lo he visto raras veces, pero él no me mira a la cara. Mi padrastro es como un fantasma que debe andar por ahí como un mal recuerdo.

- He pasado solo muchos años. Tuve aventuras como toda persona que se equivoca. ¿Sabes que no había hablado este tema con nadie? No sé si sea bueno. No quiero que estés conmigo por compasión. Sólo quiero que entiendas que decidí por mí, que acá busqué mi felicidad y que acá te encontré – me miró y sentenció: - El amor te hace fuerte.

- No sé qué decirte – fue lo único que pude decir.
- Tenemos cerca de cuarenta años los dos. Ya no tengo miedo de lo que pueda pasar – dijo con serenidad.

Y añadió:
- Hay que vivir sin miedo y sin prisa, soñando juntos – dijo, suspirando fuerte-. Por difícil que sea, vale la pena ser uno mismo.

Se nos fueron las ganas dormir, así que nos quedamos despiertos, compartiendo confidencias hasta que salió el sol. 

Lo contrario del amor es el miedo.
El miedo arruina la vida de toda persona.



 Por Alik Handru, microcuentista chileno.