Aventura

Literatura, naturaleza y emoción.

viernes, 24 de julio de 2026


La cálida distancia de las madres


Hace años estudié psicología. No tengo recuerdos de haber pensado en otra forma de trabajo. Me gustaban los problemas. Creo que eso me gustaba. Yo era tan conversadora. Nunca fui un líder de nada, pero tenía una fuerza para dar consejos y creo que allí se gestó esa pasión por los enredos de la gente. No crean que era una parlanchina de esas a las que les falta lengua para seguir hablando. Mis conversaciones eran inteligentes sin duda. 

En aquellos días en que recordaba esos momentos, apareció una paciente que me recordó a una clásica mamá de aquella vieja escuela que la denominaría arquetipo. Sí, yo sé que aún hay psicoanálisis y que son largos años y sesiones para escribir una libro entero. Pero siempre la información ayuda a comprender otra.

Cuando llegó, se presentó como Marina Castillo. Venía acá porque una hija suya se había devuelto a casa, pues había fracasado en su matrimonio joven.

- Mire usted. Ella no tiene más de 25 años. No sé por qué ahora todos se divorcian así de rápido.

Lo dijo con una sonrisa y sin demostrar ninguna perturbación de madre exagerada. Ella quería solucionar un problema nada más, una cosa poca.

Ella me miraba esperando el más alto estándar de consejo sabio de psicóloga. Claro que lo pensé y le dije lo más evidente (me da vergüenza contarlo, pero no juzguen todavía):

-Ella merece ser feliz. Nadie está obligado a querer a alguien. 

La técnica era esperar que los vacíos de esa frase tan genérica fueran completados con nuevos datos de la madre. Ella me miraba y pensaba, yo sé que sí. Ahí estaba yo con toda la imparcialidad de mi lenguaje corporal esperando una buena aportación.

- Mire, Jacinta…

Así me llamo, con ese nombre que arrastra ruido fuerte.

-… Natividad no es para que se rinda así tan fácilmente. Uno crece creyendo que cría tan bien a las niñas. Tengo dos niñas. La otra es kinesióloga. ¿Ve lo complementos? Una ve la mente y otra el cuerpo. No tengo nada que pedirles a ellas. A veces me siento bien preocupándome de ellas y otras quisiera que se hicieran fuertes. Quizá por eso, a veces, creo que es bueno que las familias tengan hijos. Siempre pienso que eso te obliga a ser fuerte, te ayuda a prepararte cada día para lo que viene y también te mantiene ocupada la mente y así no tienes espacio para deprimirte ni para aburrirte. 

Pensé en lo machista de su visión de mundo. Sin embargo, no puedo juzgar. Como dicen ahora “escuchamos, pero no juzgamos”. Me da risa esa frase, que ya va quedando en el olvido.

La vida parece fácil cuando la vemos desde afuera. Quizá porque tengo una edad más cercana a Marina puedo entenderla. A medida que he ido envejeciendo me doy cuenta de que la vejez se parece a cuando uno deja de un día para otro los juguetes y pierden sentido…  Así es como concibo la vejez: los problemas de los más jóvenes dejas de importarte y te resultan aburridos. Tampoco hay que engañarse, porque, aunque las sentimientos son finitos, la combinación de ellos puede terminar en la peor enfermedad. 

Hago una pausa en la conversación. Simplemente concluí que Marina era una tipa sana y que más vino a la consulta por una respuesta rápida. Aún quedaban cuarenta y cinco minutos de conversación.

- Marina, no tiene nada de malo que usted habla. Usted sabe que ella no estaba feliz allí. La decisión de su hija por volver con usted es una decisión valiente. Para qué estamos con cosas: lo más probable es que ahora sí esté realmente sea feliz. Ayúdela hasta que la vea fuerte. Luego la ayuda a cambiarse. No va a haber dependencia con usted. Veo en usted una mujer fuerte y calmada.

Marina se quedó pensativa. Nunca nerviosa. Yo sé que no llegaría a ese estado. Siempre pienso mucho en esa gente impenetrable que no muestra ninguna perturbación. Me inquieta. Es como un misterio de ser humano. Esa fue una pausa de esas que duran horas. Yo aproveché de mirar por la ventana. Una brisa fresca empezaba a dar indicios del atardecer de ese día.

El tiempo no avanzó. Recordé a mamá  y que nunca recibió de mí un abrazo durante muchos años. Yo no crecí así con esos afectos. Sólo los últimos años me obligué a hacerlo para darle a entender que sí la quería. 

Marina no se preocupó de mí en ningún momento de la sesión. Sé que vio mi fragilidad y no dijo nada. Ella debía de ser una madre adorable.

Marina espero sin decir nada. Cuando recuperé mi presente volvimos a hablar. Ella me miró sin indagar en mi percance y, con paciencia esperó que siguiéramos con la conversación.

- Esto se arregla- dijo. Y siguió contando un plan que más parecía destinado a cambiar mi vida que la de su propia hija. Cuando se fue, quise llorar, pero elegí aguantarme el sentimiento.

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