Aventura

Literatura, naturaleza y emoción.

domingo, 31 de octubre de 2021

La costumbre de los insectos

La costumbre de los insectos

Yo era la noche y era la oscuridad, el tiempo de los otros, los que no deben ser. Me encendiste, me necesitabas, me buscaste en la seguridad de tu miedo y te di la luz de mi foco eléctrico. Nosotros caminamos por todos lados con nuestras patas minúsculas y sigilosas por ese cuerpo humano que dormía cubierto con una única manta abrigadora. Fui el frío en esa habitación, persistiendo en mi existencia nocturna de hacer dormir bajo la luna.

El hombre despertó de todas maneras. Abrió los ojos y halló paz con la lámpara. Notó que había algunos insectos sobre la manta y la sacudió hasta sentir que se había liberado de todas esas pesadillas vivas. Poco a poco se reconoció y contempló su propia historia: no había lugar para él en este mundo. Hacía días que sabía que no tendría mucho tiempo. Los resultados médicos eran concluyentes. Y en esa intranquilidad, deseó soñar sin despertar jamás. El hombre, un tipo normal, con hijos y esposa a quienes ya había abandonado hacía años, seguía vivo por vivir. No tenía contacto con ellos. Algunas veces contestó mensajes, disfrazando su agonía con palabras de amor y de comprensión. Sólo él conocía su destino. Y sabía que tendría que mentir hasta que ya el cuerpo lo delatara. 

Tenía su despertador listo para que sonara en una hora más. Apagó la lámpara y cerró los ojos para no pensar más. Una hora más tarde sonó el despertador y comenzó el día con la rutina del baño y del desayuno. Los insectos de la noche estaban en sus escondites de día. La lámpara descansó. El frío no se sentía cómodo y se refugió en las sombras de los árboles.

El día está soleado y un hombre que ya no quiere pensar se dirige al trabajo. Allá hace su trabajo monótono; sonríe para no recibir preguntas y conversa sobre el mundo y sobre los otros. Me da pena pensar en él. No sé qué decirle. No hay nada más infructuoso que dar esperanza a un hombre que sabe que va a morir. Ni todo el amor del mundo puede inflar su pecho de alegría. Entonces sabes que eres una molestia, sabes que te ve como un insecto, sabes que para él todos somos unos insectos.


Por Alik Handru, microcuentista chileno.

viernes, 3 de abril de 2020

Ciervo


Ciervo


            Empecé a trazar el entendimiento de mi viaje. Estaba en un sector del bosque que no había sido recorrido. Mis orejas se movieron. Nada oí, nada me inquietó. Olí las hojas bajas de los árboles. Una racha de viento me hizo contener el aliento. El suelo tenía colores amables y tranquilos. En el bosque, mi mente se elevó hacia el cielo. Olí también un aroma dulce que transportaba la brisa. Caminé disfrutando perderme: la verdad, estaba descubriendo nuevos espacios del mundo que aparecían ante mí. Caminé por horas, hasta hallarme en un bosque pantanoso. Había tanta agua alrededor, que alcancé a percibir su movimiento, su vínculo invisible entre la materia y la vida del mundo, semejante a un tren con infinitos carros, destinado a transportar los elementos necesarios para que el mundo siguiera funcionando en su perfección.

            Me hundía en el barro. Seguí caminando. Seguí registrando mi paso por esa naturaleza. Me dieron ganas de echarme a dormir en un lado donde había tierra seca. Vi las ramas de un árbol sobre mí. El sol me abrigaba y vi cómo era de verdad su corazón de astro amoroso. Tuve claridad y tranquilidad de ánimo.

            Me dio sueño. Al atardecer todo se apagó. Fallecí viendo cómo una mariposa nocturna y una luciérnaga solitaria se posaban en mi cornamenta añosa. No dolió la muerte ni eché de menos mi cuerpo pesado. Yo nunca dejaría ser parte del todo, pues aún serviría de alimento para las criaturas diminutas que pueblan la tierra. No supe más que dar gracias.


            Cerca de un arbusto lo vi. Estaba en el suelo con sus huesos ordenados. Me impresionó esa muerte. Puse atención a la cornamenta de un ciervo que parecía haber muerto de viejo. Debía llevar años ahí, pensé, al ver los blancos huesos del animal que había sido.

Esa mañana salí de casa enrabiado. No sabía qué me pasaba. No quería escuchar a nadie ni quería saber por qué no me dejaban tranquilo siendo yo, y que me llamaran la atención por cualquier cosa. Estaba aburrido de ser manso y de sentirme un prisionero de mis padres, que insistían en decirme cómo hacer todo. No me entendían. No me escuchaban. Mi voluntad se rebeló con una desobediencia firme. Me dolía la cabeza, estaba confundido, desorientado; y no era que ellos fueran malvados, sino que, de repente, crecí y me di cuenta de que sus palabras ya no me servían para el nuevo hombre que estaba surgiendo de mi interior. Quería mi paz, mi violencia, mi voz fuerte, mi descontrol y mis desahogos. Me fui lejos para evitar tal destrucción. Deseaba enfrentar y defender mi arrojo a la naturaleza sin miedo a nada. Grité, rodeado de silencio.

            Me acerqué a esos huesos y me fijé en las cornamentas. Parecían ramas secas caídas de un árbol. Las moví un poco para sentir el peso. Me limpié las manos con un poco de tierra y después  me lavé las manos en un riachuelo. Tocar esos restos me dio escozor. Me quedé mirando el esqueleto largo rato. Comprendí mi vida actual como un estado nervioso de irritación por los cambios.  Me asusté cuando algo se rompió en mí y se aceleró mi entendimiento sobre el mundo. Primero, casi vomité el mal de mis días. Después grité y bramé como un animal al liberar mis tensiones. Y luego no pude controlar ninguna emoción. Liberé un torrente de emociones contenidas.

            Lloré como nunca, como si hubiera perdido a alguien de mi familia. Razoné y comprendí que estaba mal, que estaba sufriendo, pero mi introspección no hallaba la respuesta a mi fuerte rabieta. Puse atención al tiempo que había estado allí y fueron cerca de cinco minutos, pero en ese momento me parecieron eternidades. Me puse a pensar en mi casa, en mi presente y abandoné mi pasado. No temí el futuro que tantas veces me atreví a consultar a hombres viejos más despiertos que yo. Ellos me enseñaron a pensar, pero varias veces olvidé sus lecciones y me arrodillé con furia ante los errores que me hicieron llorar de vergonzosa impotencia.

            Sentí  que me perdía en el tiempo y que apenas dominaba mi cuerpo pequeño. Mi presencia era la de un niño, pero a veces me desgarraba en sueños y fantasías de hombre con más años, porque estaba dejando atrás la piel de mis primeros trece años. Estaba solo tratando de responder mis propias preguntas duras y reveladoras acerca de cómo es crecer y sufrir la ansiedad del futuro, cosa que nunca temí, porque me aseguraba la vida con la protección y el cariño de mis padres. Ahora era distinto, ahora yo debía ser el dueño y guía de mí mismo. Había dejado de ser un niño. Había dejado de jugar. Había muerto un niño para dar su vida a un hombre.
           
            Me dediqué a disfrutar el presente. Vi mi vida como si fuera un solo segundo de historia bien contada. Tan maravillado quedé de mi reflexión, que descubrí yo que existiría más allá del tiempo y de los relojes. Me sentí dueño del tiempo, como una fuerza que pudiera controlar con el poder del conocimiento que había adquirido.

Conocer la mente es la clave para tener poder sobre el propio futuro.

            Dejé de pensar. Se hizo tarde, pero no sentí miedo. El sol me iluminaría hasta el final del camino. Corté dos ramitas secas del arbusto que estaba al lado del ciervo muerto. Las limpié  hasta dejarlas como varillas y pedí a Dios que me guiara hacia un mejor lugar. Las varillas se convirtieron en una guía perfecta. Apuntaban como una brújula y sentí la energía del Creador guiando mi mano. Seguí el impulso de las varillas y llegué al principio de mi camino luego de tres horas caminando. Mientras caminaba, recordé cómo nació esta idea: hacía años conocí a buscadores de agua que usaban ramitas de árboles para hallar agua. Y me dije que si esas ramitas servían para buscar agua cuando se cruzaban, bien servirían para hallar mi camino de vuelta a casa a enfrentar aquello de lo que huía.

            No me perdí. Oí ruido de motores y de ruedas. Luego había gritos de niños jugando. Por último, había un zumbido de voces humanas conversando, gritando, riendo, existiendo. Las ramitas en mis manos sirvieron hasta la entrada de mi casa. Las boté en el jardín. 

            Contemplé mi casa y después de unos minutos entré. Se me pasó todo el hambre y el frío que tuve, pero que no atendí por andar pensando tonteras tratando de parecer rebelde con casa y padres preocupados. Me sirvieron un té caliente. Comí un trozo de pastel de frutas y me fui al corredor de la puerta de entrada para sentarme en una mecedora como un anciano gruñón. Nadie me molestó con preguntas, porque nadie me vio huir, supongo. Bueno, fue una huida secreta, no había para qué molestar a nadie con estos arrebatos. Lo quise, pero no funcionó. Fue.

            Atendí mejor la escuela. Hice travesuras y me divertí sin hacer mayor mal a nadie. Me gustaba estar atento, mejorar. A los pocos meses sentí amor por primera vez. En otra vida que pudo ser, fui tímido, pero, en esta, declaré mi amor y di mi primer beso. Entonces me sentí liviano y me supe un hombre más grande y más fuerte. No me faltó amor, porque después vi a compañeros metiéndose en problemas y, para que entendieran los adultos, concluí, para mí solo, que ellos solo necesitaron atención y cariño, palabras bonitas y enseñanzas. Yo creo que se desviaron del camino porque no supieron comprenderlos. Una vez uno me saludó y me pidió una moneda. Vivía en la calle y no lo reconocí. Habló con desagrado, ofendido por no recordarlo, pero le dije que estábamos muy viejos – lo que era cierto -, le di dos monedas para comprarse una cerveza y desapareció para siempre en esa vaga noche de mis muchos años.

            Crecí y seguí el curso normal de la vida como toda la gente. La vida me pareció un sueño, como han dicho tantos poetas. Fui todas las edades y viví en calma conmigo mismo. Pude aceptar toda mi biografía y quise contarla con el riesgo de parecer un sentimental o un perdedor, no me importó, porque pude expresar en palabras algunas de mis percepciones, porque el pensamiento es perfecto y lo que hagamos con él no siempre es tan maravilloso en palabras o en acciones.

            Ya estoy en edad razonable. A veces se me atiborran las palabras cuando hablo. Es que quisiera decir tanto y al final solo tengo buenas intenciones. Y se me van todas las conversaciones en máximas de hombre que cree que lo ha vivido todo.

La vida es simple. 
La vida es como la queremos ver.

No sé qué más decirles.
Hasta siempre.
Que la vida nos eleve como los árboles que buscan su claridad en el cielo.


Escrito por Alik Handru, microcuentista chileno.
Año 2019, recuerdos bonitos.










Leería hasta el final.

domingo, 28 de octubre de 2018

Formas de sentirse podrida




Formas de sentirse podrida

Me llamaron por el apellido de mi padre en la escuela. En ese entonces yo no lo quería tener junto con mi nombre. No sé si fue bueno decirlo, pero hubo una tarea de la profesora y le dije que no me llamara por mi apellido paterno. Le dije. Le conté lo que pude ser.

Fue liviana la confesión del secreto, porque yo me sentí fuerte para decirlo: 

- Mi padre biológico, profesora, quería que mi mamá me abortara y por eso yo no lo quiero en mi vida ni en mi nombre. En nada.

Ella me miró y no dijo nada, porque quizá no era bueno que una niña como yo contara esa penosa historia que casi estoy segura que fue por pura vanidad de víctima, como si sufrir hubiese sido algo que sólo yo viví. Quizá era el momento de soltarlo, como una venganza que no alcanzaba para violentar a nadie. Supuse que la vida me haría pagar esa cruel verdad dicha a todo un grupo de niños que apenas alcanzaba los trece años. Estaba fomentando el odio a alguien que ni siquiera conocían, pero, en el fondo de mi corazón, deseaba su completa destrucción.

Al terminar mi tarea, que era hacer una biografía personal entre dos compañeros, me sentí cansada y vacía. Soltar ese trauma de un recuerdo tan terrible me dejó desanimada. Mamá me confesó esa verdad. No estuvo bien hecho, hay que asumirlo. Crecí con ese rencor. Pudo haberme mentido. Con el tiempo, me hizo mal y tuve crisis de llanto que oculté hasta mis últimos días. A nadie le servía una llorona. No tuve padre. No lo nombré. No dejé que me encontrara. Y como si la memoria se apiadara de mí, se me olvidó que existía. Esos fueron muchos años.

- Perdona por haberte contado eso - lamentó mi madre antes de morir.
- Está bien...tranquila.

La miré profundo a los ojos. No supe qué decirle. Creo que la perdoné de algún modo, porque a pesar de estar destinada al sacrificio, ella me rescató. Pero, en el escondite privado de mis llantos, me sentía podrida y me quedé pensando todo el día si todo lo que se sufre deja de doler en la otra vida. 

Alik Handru, microcuentista chileno.
































Leería hasta el final.

domingo, 20 de mayo de 2018

Fábula: Hormiga


Hormiga

Ella ahorró muchos sueldos ganados en la compañía de teléfonos del siglo veinte, peleando con esos cables enredosos que pudo manejar con la experticia de un pulpo, y no precisamente de aquel caso del niño pulpo poeta que leyó con poco crédito en aquellos años de escasa virtualidad y alto contenido mítico-fantástico o, fatalmente, manipulación televisiva. Con una lucidez obsesiva para sus diecinueve años, creó su destino sin necesitar a un hombre. Nadie imaginó nada, ni cuando su mamá la vio de a poco llenar su pieza de electrodomésticos. El padre, que en esa época daba poca importancia a las mujeres, vio en su hija un alocado comportamiento que no comprendió hasta su debido tiempo cuando ella le comunicó que estaba embarazada de un hombre del cual nunca hablaría.

- No les voy a decir quién es el padre. Si me quieren echar de la casa tengo de todo para irme a vivir sola.

Al padre se le cayó la mandíbula y el cigarro que iba a encender en la sala de estar. A la madre se le fue la voz y quebró el cenicero que estaba secando para tirar la ceniza del cigarrillo que ya no impregnaría la casa entera con su olor pasoso. La chica se fue a su pieza y no se sintió orgullosa de nada ni le preocupó el castigo que esperaría por las tercas costumbres del siglo. Porque no había nada más horroroso en aquellos años que una mujer soltera con un hijo de padre desconocido. La rebeldía sexual de esta mujer no dio para tanto, ni siquiera para preguntas imprudentes. Como fue de esperar, todos hablaron de ella como una perdida, pero como ella no se quedaba callada y daba un poco de susto su presencia, nunca tuvo que responder preguntas imprudentes, ni siquiera de la almacenera, que era el centro informativo del barrio.

Ella tuvo a su hijo con la esperanza de tener su propio sueño de felicidad. ¿Quién era el padre? Bueno, ella me contó que buscó a un tipo apuesto y perdió la vergüenza con él y mencionó recatadamente, y luego con una sonrisa de aquellas, que el hombre estaba bueno y que lo había pasado estupendo, pero no me dio ningún indicio para saber quién era, así que no puedo contar esta historia con ese detalle.

La chica siguió trabajando en la compañía por largos años, hasta que el progreso de la tecnología la despidió de su puesto. Ya no existían los cables. Entonces le ofrecieron seguir si estudiaba para usar computadores. Lo hizo. Ahora era operadora de llamadas internacionales. Obviamente que siguió una rutina normal. Fue una feminista sin saberlo en aquellos años antiguos y su historia no llegaría a ningún libro, porque había roto las reglas de señorita sumisa.

El parto significó una madurez potente, así que también le puso a su hijo un nombre significativo. Lo que ocurrió después fue un milagro. Después de los días de reposo, y pasado meses de enojo del padre y del silencio prudente de su madre, volvió a casa con su hijo.

- Saluden a su nieto. Saluden, no muerde. Vengan a conocer a su nieto.

El niño alegró la casa de los abuelos y fue querido, como sucede siempre cuando el amor incondicional que entrega un pequeño alcanza para todos los que lo tienen en sus brazos. Los abuelos jugaron con él hasta volverse niños y olvidaron todos sus reproches para asumir su nueva vida de viejos amorosos que gatean otra vez en el suelo.

La nueva vida no alteró la mente de la chica, quien siguió siendo prudente con el dinero que ganaba trabajando. Un día una compañera de trabajo se fijó en su cartera antigua. Nuestra chica tuvo una sola cartera en su vida y la lucía en todas partes.
- ¿Para qué necesito otra? Esta es la única que necesito.

Y fue cierto, porque cuando murió, la cartera, hecha de cuero auténtico, seguía tan bien cuidada como cuando fue comprada por ella misma con su primer sueldo. Tuvo otra que le regaló su hijo que usó para salir a fiestas y ceremonias y con eso fue suficiente para toda una vida de trabajo incesante.

El niño creció bien, nada que decir. La laboriosa chica trabajó y compró una casa. Allí se llevó todos sus electrodomésticos y demases y se fue con su hijo a vivir a la capital. Allí buscó trabajo de secretaria en una compañía de camioneros. Los abuelos dijeron adiós al niño y su hija les devolvió una sonrisa atenta y segura. En ella no había lugar para la duda, porque debía pagar su casa nueva en numerosas cuotas fiscales.

En la capital, ella conoció a un tipo y lo quiso, claro, pero no era para llevarlo a la casa, porque primero estaba su hijo.

- Vamos a ser felices puertas afuera. Puedes venir por mí cuando quieras. Ah, y me gustas mucho.

Lo pasó bien como quince años en la compañía y con su amor puertas afuera. El hombre intuyó, en un diálogo desnudo de una noche de amor, que ella no sería para familia así que fue directo cuando quiso terminar. Ella lo besó y cerró la puerta del edificio del amante querido cuando se lo dijo derechamente un frío viernes de otoño. También cerró su corazón, pero tampoco era de piedra, así que lloró toda la tarde antes de que su hijo llegara de la escuela y se amargó por semanas como toda mujer que quiso de verdad a un hombre.

Estuvo así como un mes y medio haciendo pucheros, pero cuando se dio cuenta de que la cara se le caía de pura tristeza, renunció a su trabajo. Estuvo sin penurias porque ahorraba mucho. Entonces aprendió a comprar terrenos baratos. Compró uno. Al cabo de cinco años multiplicaría su valor y con ese dinero empezaría a comprar más terrenos y a especular con el alza de precios. Era inteligente, esforzada, buena madre, una mujer casi ejemplar. No volvió a enamorarse, pero a veces se escapaba por ahí para no aburrirse sola.

Pero esta historia no se queda ahí.

Perdió a su padre y decidió volver cerca de su madre para cuidarla mientras envejecía. Ella misma se dio cuenta de que su cuerpo estaba vigilado por la ley de la gravedad, así que vendió su casa y compró un terreno al lado de su madre. El terreno no tenía ningún valor y era feísimo, porque estaba en un peladero de nadie y con un terrible olor a bosta de las vacas que andaban sueltas por ahí. Ella hizo una nueva casa como la imaginó y se llevó a su hijo, que ya estaba listo y motivado para estudiar en la universidad en algunos años. Cercó bien el terreno ella sola y, cuando pasaron cinco años, pudo comprar más terreno y hacerse de un espacio más grande donde poder hacer un enorme jardín y una piscina para cuando llegara el nieto que se le repetía en sueños.

Ella no se quedaba quieta ni cuando estaba acomodada en un sillón. No tenía tiempo. Tenía ideas para todo. Quiso una vida relajada. Con lo que le sobró de la venta de la casa y con lo que recibió del primer terreno, compró una casa antigua y la echó abajo. Con cálculo de negociante, vio que podría hacer unas doce casitas para arrendar y así tener cómo vivir sin tanta fatiga, así que fue al banco y puso todo lo que tenía en prenda para pedir un gran préstamo para cumplir con su meta.

Se pueden derrotar los propios errores y amar sus consecuencias.

Lo logró rápidamente. Once meses después, y luego de pasar apreturas y desvelos, puso un aviso de arriendo y fue todo un éxito su proyecto. Tuvo el alivio de poder lograrlo. El préstamo se pagó solo y pudo respirar feliz por muchos, muchos años.

Perdió el miedo a los aviones y se dio vacaciones mundiales. Viajó a los países de las primeras civilizaciones. Visitó potencias mundiales. Hizo voluntariado en hospitales para enfermos terminales. No podía quedarse quieta, era pura energía. Podía estar donde quisiera, pero se daba tiempo para hacer mejor la vida de los demás. No era una mujer que digamos meditativa, era más bien pragmática. Porque aunque hablaba con Dios de repente, se dio cuenta de que el caballero este no tenía muchos pecados por los cuales regañarla, por lo que su suerte económica la concibió como un regalo merecido y permitido por parte de él.

Su único vicio era fumar un poco. No se enfermó casi nunca de gravedad, y eso que el estrés estaba de moda. Cada día se daba ese tiempo para andar por todos lados. Tenía sus amigas. Nadie le exigió nada nunca. ¿Qué se le podría reprochar? ¿Trabajar mucho? Nadie la trató de mezquina, porque no negó ayuda a nadie. Era ambiciosa, pero nunca tanto como para no compartir su buena suerte.

Su último sacrificio fue renunciar a todo cuando se cansó de ser joven. No, no murió todavía. Le entregó a su hijo la responsabilidad de su negocio.

- Porque la edad no será nunca impedimento para trabajar. Ser viejo ahora es estar sin hacer nada, ni siquiera por uno mismo. Se pueden cumplir los sueños a cualquier edad – dijo enérgicamente cuando estaba en el hospital con otros viejos como ella tratando de mejorar los dolores de las articulaciones. La paciencia es un don, según ella.

Volvió a casa con un montón de remedios y se los tomó con harta fe porque no podría quedarse quieta ni un segundo más. Cuando le hizo efecto el montón de pastillas, volvió a la normalidad. También recibió una llamada con una noticia feliz: sería abuela. Cerró los ojos y se relajó imaginando lo que venía. Fue poco, nunca la tarde completa, porque se puso a hacer llamadas para hacer una piscina donde nadaría con el nieto que nacería en unos meses.

Fue a la pieza y tomó unos palillos. Tomó unas madejas y se puso a tejer ropa para el niño que venía a la casa, teniendo por seguro que es un niño, si yo ya lo soñé. Escribió también una carta para su hijo donde le revelaría donde estaba su padre, pero después la guardó para cuando ella muriera, pero se arrepintió que sí, que no, que ahora, que después, que ni muerta y varias razones más. Terminó meneando la cabeza y sufriendo por primera vez con la verdad que tendría que asumir. Pensó cuánto daño podría hacer a su hijo con tan solo un nombre.

- Ni siquiera sé si vale la pena. Que Dios me perdone el silencio de tantos años. Dame fuerza, oye -dijo, orando con fe de pecadora arrepentida -, mira que se viene fuerte la cosa. Se lo debo a mi hijo.

Cuando terminó de lamentarse con humor, fue por una pala y empezó a marcar el recuadro donde quería su piscina. Después siguió arrastrando la pala por el suelo como un juego y haciendo una línea interminable y siguió haciéndolo por la gran extensión de sus terrenos como una vieja loca que no sabe de límites ni de dificultades, porque había luchado por ellos a lo largo de una vida grata que se le dio para que todos supieran que para tenerlo todo a veces es necesario sacrificarse amargamente para ganar dulces finales felices.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Angello


Angello

Angello había fumado marihuana y había tomado tantas cervezas como aguantaba la noche conversando con los amigos. Era día libre. Se había cortado el pelo con el corte de moda, corto por los lados y largo arriba. Al otro día fue a trabajar en el restorán. Antes de ir a atender las mesas, había visto su reflejo en el espejo. Salió bien peinado. Se arregló la camisa blanca. Lustró sus zapatos negros. Se arregló el pantalón negro.

Parecía un italiano, lo imagina así desde que lo ve. Ella se obsesiona con él, pero ni siquiera le alcanza para un sueño erótico. Porque la señora, a pesar de sus mil amores, encuentra una belleza luminosa en este joven al que le supone unos veinticinco años. La señora, que tampoco es tan señora, lo mira y le encanta esta dulzura que siente. Angello se acerca a ella y le ofrece el especial del día. Ella lo mira y Angello llena el espacio con su voz atarantada, que no era italiana, pero pudo ser. Ella pide pescado con ensaladas, un jugo de frutilla, un vaso de agua, un café para terminar. Angello llena ese espacio con su aura especial. Ella sabe, intuye, en realidad que él, en el espacio sagrado de su intimidad, se porta de mala forma, tan ingenua no soy, se le nota a este hombre que puede ser el mismo demonio en su casa.

Angello va a la cocina y le pide a otra mesera que atienda a la señora, a esa señora que está allá sentada en la mesa cinco. Esa señora está ahí, es tan mirona, con esa mirada que me sigue, si ni siquiera la conozco, pero es insistente y me enferma que me miren así como queriendo decirme o hacerme algo. La mesera ríe. Angello le entrega el pedido a la mesera y ésta lleva los platos. Ella hace lo que tiene que hacer y se retira a contemplar el cielo desde un patio interior del restorán donde se puede fumar un rato para soportar la presión del día. La mesera mira a Angello, pero no dice nada, porque no le importa la gente del trabajo, sólo quiere que las ocho horas de trabajo ojalá fueran seis para disfrutar la vida y no estar haciéndole la riqueza a otro que lo va a pasar mejor esa noche en su cama amplia, en su casa amplia, no como yo que apenas meto una mesa y ya debo pensar si coloco sólo cuatro sillas porque si van seis no cabe un sofá pequeño. Ay, Dios mío, dame fuerza para este día.

Angello anda atendiendo a otras personas. Se concentra en estar cómodo en su trabajo. La señora ha terminado. Pide la cuenta. Angello la sigue con la mirada inocente, no quiere complicaciones. Recibe el dinero. La propina es ostentosa y se emociona, porque nunca nadie había dejado tantos billetes. Entonces la señora se va y sale por la puerta. Afuera el sol pega fuerte. Angello piensa qué va a hacer con tanto dinero. ¿Compartirlo con la mesera?. Mejor lo guarda. Mejor ahorra. Cualquier cosa es mejor que el despilfarro.

Angello sale a la calle a mirar por donde va caminando la señora. La mira caminar un rato para ver si ella mira hacia atrás, pero no lo hace. Angello se aburre y se refugia en la sombra. Esa noche Angello está contento. La señora no puede dejar de pensar en Angello mientras fuma frente a la ventana que da al mar. La señora rescata la energía que proyecta Angello y cree firmemente que él va a ser alguien con un gran futuro o con mucha suerte. Angello cierra los ojos y se duerme sin pensar en nada. La señora termina su cigarro y cierra la ventana, cierra la cortina. Todo se oscurece.

lunes, 12 de junio de 2017

Microcuento: Lo que ella dijo.

Lo que ella dijo

Ese día ella le tomó el brazo otra vez. Él se paralizó. No había oportunidad de nada, así que él se transformó en piedra y apagó ese deseo de fuego. Ella me tenía sonriente, pero yo no podía intentar un acercamiento ni mencionar el tema. Trabajábamos juntos: ella, yo y su esposo. Yo no tenía nada contra él; nos saludábamos con calidez y me parecía siempre un buen tipo, así que empecé a alejarme de ambos por culpa, por tristeza, por imposibilidad, porque no quería herirme más estando cerca de ella.

- Yo sé lo que te pasa, pero me lo llevo a la tumba.

Eso fue lo que ella dijo y fue lo único que trajo la calma. Los días se le hicieron agradables. Aunque era invierno, no sintió tanto frío. Tomó más café que de costumbre para mantenerse despierto. Su atención se fue a otra compañera de trabajo. Era bonita y hartos años menor, pero vio una oportunidad y la invitó a salir. Fueron juntos a comer y pudo hacerla reír y ganar confianza, pero no tanta, porque no hubo beso ni una segunda salida. Como toda historia que pudo ser, no fue.

En esta historia hay ilusión. Hay un hombre absorto imaginando que abraza a una mujer en una cama espaciosa dentro de una habitación soleada. El tiempo se detiene. El contacto entre ambos cuerpos borra todo lo malo. Pero nada ocurre, porque nadie quiere sufrir. Ella ayudó a silenciar esa energía que parecía desbordar las reglas. No hablaron más que de trabajo. Toda esperanza fue derrotada. Porque no debían, porque no, porque nunca, porque estaba mal.

A él lo traté de cerca hasta que todo se desvaneció. Con mi esposo se hicieron amigos fraternos. Yo no podía permitir errores. A él lo veo preocupado por ser sincero con mi esposo. Yo sé que lo cuida, que me cuida, que quiere que mi vida sea la mejor. Se nota en sus gestos. Lo que dije se hizo promesa y la cumpliría. Vi la vida pasar como si fuese un eterno presente. No me hice cargo de su historia. Nunca imaginé una vida con él. Me negué todo. No arriesgaría nada, así que me reservé cualquier emoción para mis grandes secretos.

Yo me independicé y creé una empresa maderera con mi esposo. Lo volví a ver treinta años después. Pese a estar trabajando juntos y de tener grandes responsabilidades, nunca nos dimos los números de teléfono para decirnos algo como un feliz cumpleaños o un feliz navidad. Nos encontramos y nos saludamos con cortesía. Nos contamos los años y los días, nos miramos los cambios y comprendimos, satisfechos, que de alguna manera habíamos sido felices. Él se despidió con intensidad de mi esposo y con la fría resignación con la que vivimos años en paz. Era lo correcto. Los tres sonreímos contentos y nos despedimos para no vernos más.

La vi tan linda. Nos sonreímos como tres buenas personas que han chocado accidentalmente en una multitud. Me quedé con la sensación de que en la vida se puede vivir tranquilamente aceptando todas las pérdidas que quitan el aliento. Cuando ya nos dimos el adiós, caminé sin mirar atrás para que se me borrara su imagen. Sentí una pena inútil.

He transformado su imagen en olvido. Pero a veces vuelvo treinta años en el tiempo y, cuando la recuerdo, siempre es por lo que ella dijo.

Alik Handru, microcuentista chileno.

domingo, 26 de febrero de 2017

En cámara lenta.


En cámara lenta


Cuando Ardio imagina su vida, la ve como en las películas, a veces como en los libros, porque no le gusta leer mucho. Tiene adicción a las películas. Empieza por la mañana levantándose como en las películas, como si las cámaras enfocaran la belleza de cada gesto que hace. Se levanta y hasta el movimiento del cobertor lo hace lentamente. Cada detalle cuenta. Sigue la ducha. Esconde esa barriga de sus veintinueve años. Se echa desodorante como en los comerciales, también perfume. Se viste, guiñando un ojo al espejo. Se viste como caballero. Toma desayuno con jugo de naranja y tostadas. Se lava los dientes. Allí se mira por última vez. Ardio se ve al fondo de la multitud caminando por la ciudad. Hay una visión general de una muchedumbre sorteando la rutina. Todos están bellamente presentables para el día. Enfocamos nuevamente a Ardio, pero sólo nos centramos en sus ojos. El espejo del alma nos dice que está feliz, que más allá de un día igual a otro, se puede luchar por vivirlo como se pensó sería la mejor de las películas vistas. Entonces nos alejamos y dejamos una visión panorámica del alma de la ciudad. Hay ruido de fondo. Ardio sigue su ritmo con una canción conocida. Lo dejamos. Ardio, que te vaya bien. Fin.

Alik Handru, microcuentista chileno.