Aventura

Literatura, naturaleza y emoción.

martes, 23 de febrero de 2016

De "Fábulas para animales como usted" 32: Mosca.



Mosca

La niña padecía problemas digestivos esporádicos, pero preocupantes. Vomitaba mucho. Tenía diarreas. La mamá había acordado con el papá llevarla al médico por la mañana, no fueran a decir que no cumplían con su deber de padres supremos. Le dolía el estómago, aunque podría ser el hígado, el páncreas o el apéndice y hay que operarla, como decían los doctores de los hospitales.

Cuando estuvo frente a una doctora, la madre empezó a hablar por la hija, como si la niña no estuviera dotada de raciocinio. La doctora veía la cara de la niña. Expresaba ahogo, pero más que mostrarse harta, se divertía haciendo muecas a su madre que hablaba y hablaba. La doctora pensó que quizá estaba con una familia disfuncional, nombre de esos que le encantan a la gente para alardear que su vida es digna de observación -por último- con algo tan desagradable como una enfermedad.

Así, la doctora hacía como que escuchaba, pero sólo asentía porque hacía rato ansiaba salir pronto de la consulta a comer helado de vainilla con crema de chocolate. Era verano, momento propicio para problemas digestivos.

- …entonces tiene vómitos y diarrea. No sé qué decirle. Lleva así como dos años. Yo ya le he dado de todo, y no se me ocurre qué más hacerle. Doctora, yo cocino saludable, no le doy ninguna comida chatarra.

La doctora pidió a la mamá que esperara fuera de la consulta. Se quedó sola con la niña, bueno, no tan niña, tenía quince años. Y simplemente habló: «Desde chica, mi mamá me retaba por estar gorda. Yo no comía casi nada para que ella no se alterara. Pero en las noches me iba al refrigerador y comía todo lo que pillaba. Comía a escondidas. También me llevaba comida y la escondía bajo mi cama. Allí, cuando tenía hambre, había algo a mi alcance para quitarme el hambre.»

La niña enfermaba y bajaba de peso, justamente cuando tomaba comida (que incluso estaba podrida bajo su cama) y la comía, sin encontrarle mal olor ni mal sabor. Ella estaba martirizada por su madre, que le decía que estaba gorda. Con la comida podrida bajaba de peso y se mantenía delgada. Era un caso de desorden alimenticio. A mí se me ocurrió pensar en una mosca. Quería resolver esa vida en breve. Compuse el asunto tal como preví. Me escuché hasta el final, hasta haber entrado en la mente de la niña para sanarla.

Hacía calor. El helado. Lo recordé. Fui a tomar mi helado. Pensé en mis niños. Mi marido estaba en casa. Pensé que estarían comiendo. Pensé en comprar un matamoscas. Había una plaga. El calor era insoportable. Se anunciaban temperaturas altas.

No se habla nunca de temas negativos frente a un niño.
Una palabra podría dañarlo y hacerte un adulto problemático.

- En el mundo, los niños deben hablar con sus padres. Los padres tienen el deber de entregarles conocimiento y sabiduría para que tengan una vida tranquila y sana. Los padres son el ejemplo y la mayor fuente de disciplina para que los niños sepan comportarse como dignos hijos de sus educados padres. No les eche la culpa a los maestros o a los amigos. Los padres deben estar atentos y receptivos todo el día, como una mosca vivaracha que huye al advertir peligro en nuestros movimientos. Y deben ponerles atención con todos los ojos que se tengan- dijo la Sabiduría-. El que tenga ojos, que vea y el que tenga oídos, que oiga. Ya entendieron.

De "Fábulas para animales como usted" 31: Hiena.


Hiena

Se había levantado con pesadez en el estómago. Las calles tenían el aspecto del abandono. Las casas eran de madera y habían sido construidas una al lado de las otras para cobijar un oculto malvivir heredado. Los más cautos miraban por la ventana. Una niña lo vio, pero a ella le importó más soportar el encierro como castigo por golpear con su rabia fuerte a otra chica. La niña hizo un gesto de asco cuando lo vio correr arrastrándose con las piernas quebradas por una golpiza antigua que intentó  obligarlo a un cambio que no prosperó. Iba sonriendo sin motivo, sin bondad, sin humanidad.

            La gente estaba acostumbrada a verlo vagar por ahí. La indiferencia cotidiana hacia él era la actitud más honesta que prevalecía en estos brutales paisajes urbanos. Era tan joven. Rio groseramente para marcar sus dominios. Temprano había consumido sustancia. Las madres barrían las polvorientas veredas para espantar los vicios con oraciones fervorosas. No les importaba si él vivía o moría. El desaliento era popular allí. Ésta era una bestia más en medio de esa obscena realidad. Él mostró sus dientes llenos de una euforia feliz. Llegó cerca de otros como él y se pusieron a emitir ruidos sin sentido. Se escuchó una risa desagradable. Tenían hambre. Se juntaron para buscar la comida prometida. Una abuela callada dejó una olla con legumbres en la calle, afuera de su puerta pintada café. Uno del grupo fue a buscarla. La anciana le pasó una cuchara. Se miraron a los ojos para comprender el gesto de sobrevivencia concedida. Los otros esperaron la olla. Cuando olieron la comida, el más gracioso tomó la cuchara y les fue dando comida en la boca uno por uno. Era un ritual que inspiraba compasión. No había vergüenza en esta forma de compartir la comida. (Los que habían visto esto se llenaban de esperanza en un cambio).Comieron con voracidad de hiena fuerte. La olla fue devuelta a la anciana sagrada. Ella tomó la olla relamida. El agua lava, el agua purifica, el agua calma. Ella tenía la misión de alimentar a estos hijos perdidos, a estos animales que tenían el derecho a vivir según la ley.

Se cuida y se respeta la vida propia y la ajena.

Contó la anciana a su propia vida tranquila y contemplativa:
- Estos chicos estaban flacos y tenían un aspecto terrible. Yo sólo cumplí con el encargo. Bajo mi puerta llega dinero en un sobre anónimo con la petición de cocinarles y dejar la olla a la vista de ellos. Son cinco hienas hambrientas. Ríen drogados todo el día. Antes, cuando no recibía el dinero ni les cocinaba, ellos sacaban restos de alimentos que encontraban en la basura: huesos, frutas, panes, restos de carne. Mi esposo sale por la tarde a buscar pan que le regala un panadero para estos muchachos. El panadero no quiere que se sepa de su acto; mi esposo, tampoco. Temen el repudio. Les damos pan por la tarde para calmarlos. Siempre están riendo. Dicen que tienen esquizofrenia. Dicen que hay que dejar que se mueran o que se maten entre ellos. Nosotros cumplimos con alimentarlos. Creemos que son sus padres o quizá familiares los que dejan dinero. Lo ocupo en ellos. Aquí no se habla de esto; aquí las cosas ocurren sin preguntas y sin explicaciones; aquí estamos acostumbrados a vivir o a morir. Pero todo a su tiempo. A cada uno le llega su hora, ya sea llorando, ya sea riendo como único remedio contra la miseria de una infancia terrible, como la que marginó a estos cinco jóvenes de la posibilidad de una vida tranquila en sus casas, como debiera ser para cada uno de nuestros hijos. Hace dos años vino una camioneta y se llevó a los cinco chicos para una rehabilitación. Uno de ellos había matado a su madre de un infarto (no lo admitió, lo intuimos), producto de una rabia mal contenida. Esto causó un impacto profundo en el grupo. Nosotros los vimos por última vez. Pronto nos llegaría la paz de la otra vida.

Sanamos. Nos costó vómitos y furia sin sentido en el sanatorio. Vivimos el calvario de la abstinencia sin visitas dos años a solicitud nuestra. Volvimos al vecindario para agradecer a los ancianos por la comida que nos daban en tiempos oscuros. Ellos ya no estaban. Habían fallecido. No sabíamos cómo reaccionar. Yo lloré. Los otros lucharon por mantenerse firmes. Con los días nos separamos. Avergonzados de nuestro pasado, no quisimos vernos más. Nos evitábamos en la ciudad. Sobraba rabia, pero preferimos emplearla en vivir honestamente. De a poco sabemos que estamos luchando por retomar la vida, trabajar, formar familia y ser mejores para alcanzar el perdón por la vida desperdiciada. Eso ya pasó. Ahora miro hacia el futuro, porque ha nacido mi primera hija después de siete años de tranquilidad. La esperé tanto. Nació sanita. Sólo puedo agradecer su hermosa sonrisa y ver la mía en sus bellos ojos. No me gusta sonreír mucho. Me trae malos recuerdos. La seriedad me ha hecho bien, me libera del pasado. Insisto: no hay vuelta atrás. 

De "Fábulas para animales como usted" 30: Tortuga.


Tortuga

Caminaba la tortuga en medio de las patas de la mesa. Se movía rápido, contradiciendo todas las metáforas sobre su lentitud. Ella no podía medir el tiempo. Contemplaba la calma del lugar. En realidad meditaba todo el tiempo, pero ese descubrimiento aparecería siglos después en el entendimiento de la humanidad. Estaba caminando bajo una mesa en medio de un matrimonio de ancianos. Los dos comían una sopa para soportar el frío de la tarde. Yo los veía y no podía expresarlo, pero sentía el eco de su vida en la energía que me regalaban cuando me tomaban en sus manos huesudas para hablarme con cariño. Me dejaba querer como una hija feliz.

Yo percibía su alegría arrugada y pensaba: ¿Dónde se iba su felicidad? ¿Dónde quedaban resguardados los hermosos recuerdos de toda una vida? Y ahí se descubre mi naturaleza secreta: viajar por los recuerdos de la existencia. Entonces medité para contemplar recuerdos con el permiso divino. Vería el sentido de mi vida.

La mujer reía contenta. Sonreía mucho. Yo la notaba con ganas de vivir y descubrí el espíritu de su juventud atrapado en las ondas del tiempo. Vi a una joven con tantas ganas de vivir. Vi su primer beso en la adolescencia de sus mariposas. Vi cómo una hermana que nunca conoció fue echada a la selva por su apariencia reptil. Ella había sido una sobreviviente, una elegida para ocupar el mundo y aprender a ser fuerte, a pesar de ser la máxima expresión de la soledad humana. Le dolía más la soledad que la muerte. Tomaría decisiones para cambiar su destino de mujer abandonada a la mala suerte. Sacaría premio por su valentía.

El marido era un hombre huraño. No le gustaba hablar. A veces quería entregar cariño, pero se sentía débil, incapaz de controlar el desborde de su corazón. Vi que de niño aprendió a ser silencioso y rabioso. Había luchado por ser más locuaz o atrevido, pero su naturaleza fue la de ser un hombre indiferente, digámoslo bien: no le importaba nada. Había tomado muchas decisiones porque sí, sin reflexionar, eso le quitaba tiempo. Era solitario. Le costó encontrar mujer. Tenía ganas de ser como los otros muchachos que fumaban y se mostraban conquistadores con cuanta jovencita se les presentaba. No lo logró, pero conocería a la solitaria y única mujer que tendría cerca de los treinta y siete años. Lo único que hizo fue decirle:
- ¿Casémonos?
- Bueno. Veamos cómo nos lleva la vida.

Esta historia de amor se pone interesante. Puse atención a las líneas de tiempo del amor.
Sigamos:

Los dos quisieron aprender a amarse. Fue un proceso lento. Primero fueron unos besos tímidos. Después fueron con deseo. Eran jóvenes y estaban aprendiendo. Era como el colegio, pero aquí se podía repetir cualquier prueba hasta aprobar. Eso de los besos y los abrazos terminó en una intimidad que, más que sexo, buscaba descifrar el enigma del amor, de aprender, de saber cómo se ama, cómo se juntan dos para amarse, etcétera. Ella era una chica rara. Él tenía un ahogo en el pecho y no se liberaba de él. Pretendía, con sus manos ásperas, comprender a esta mujer de mejillas suaves que le enterneció el vientre y el corazón hasta ahora. Juntos aprenderían a quererse y a formar un hogar bonito para procrear una familia grande. Con ganas, corazón y compañía, salen frutitos todos los días.

 El amor es la fuente de la paz y de la bondad.


Salté en el tiempo. Vi que tuvieron dos hijas. Nacieron unidas, pero trabajaron arduamente por conseguirles la operación que las separaría. Sufrieron tanto con las niñas. Al principio –no lo dijeron, sino que lo pensaron- guardaron un silencio culpable. Algo habían hecho mal, algo no estaba bien con ellos. Él salió a caminar por ahí cuando me encontró. Me llevó a casa. No mentiré: metí bulla para que me dejara ir, pero me rendí. Yo creo que me vieron como una metáfora de su situación. Fui algo así como «la paciencia con patas». Quizá me vieron como un signo útil. He pasado hartos años con ellos. La familia ha crecido. Quería contar esto. En realidad la historia es larga, pero sólo quería decir que es interesante ser la mascota añosa de esta casa. No cuento más porque las tortugas y los ancianos estamos ocupados en asuntos que ustedes deben descubrir a su tiempo.

De "Fábulas para animales como usted 29": Mariposa.


Mariposa

Aún no amanecía. La mente de sus ideas estaba sin sentido. Entonces un hecho inusual: un pájaro enorme revoloteaba cerca de aviones. Las noticias cubrían el evento como si no hubiera desgracias horribles para alertar el miedo del público. Después el enorme pájaro desconocido era visto con águilas. Las enormes aves perdieron el orden de su naturaleza y dispersaron su reacción ante ese pájaro extraño. Él muchacho siguió la noticia hasta que escuchó el sonido de la lluvia sobre el techo de las casas. Corrió una cortina y estuvo en esta nueva pantalla de una realidad monótona. No quería estar solo. Esperaba que lo llamaran, no quería inspirar lástima u obligar a algunos de sus cercanos a tenerlo cerca. Esta soledad.

La lluvia cesó después de veintiún minutos. El sol salió fuerte. Una mariposa se posó en las flores y en su inquietud, revoloteando y provocando un movimiento de escape de los segundos iguales. Se dispuso a seguir a la mariposa que vio allá afuera. Las personas en tensión con frecuencia salen a caminar hasta agotar su malestar. Esta vez un muchacho sigue a una mariposa. La sigue como un hombre enamorado tras la única mujer que le recuerda la totalidad de su vida o el roce de su mano en la primera ocasión en la que fue permitido ese instinto.

La mariposa era la clásica variedad de alas amarillas. El día estiraba sus alas de tiempo y permitió este desorden de un chico que tenía la mente bloqueada un poco (suele suceder esto a cualquier edad y genera estados de pesadez mental insoportables). Él caminó tras ella por donde pudo. Pensó en una señal. En realidad esperaba que algo pasara, un milagro, un mensaje, un cambio en su vida. Había pasado bastante tiempo en cama haciendo nada, arrastrándose por el suelo de pura flojera, envolviéndose en las sábanas para hacerse dormir, levantándose el ánimo con una pataleta rebelde, como la mejor medicina anímica contra la irritabilidad.

Mejorar el ánimo es una orden que se obedece.

En el tiempo de la juventud, este hombre está contemplando la mariposa que se va hacia el cielo. Tiene diecisiete años y preguntas existenciales. La mariposa es su espíritu guiándolo al orden de la vida. Este joven mira el cielo hasta que le duelen los ojos. Se da cuenta de que ha hecho un viaje tonto. Mira el suelo, sus zapatillas gastadas. Cierra los ojos para tranquilizar su corazón. Ahora mira de nuevo y tiene veintisiete años y anda con unos zapatos más formales. Toma la decisión de retomar su trabajo. Camina de vuelta. Hay que cumplir con el jefe, hay que llegar a fin de mes, hay que comprender que se debe vivir en equilibrio con todas las obligaciones que hacen del mundo un lugar agradable para todos. Es fácil: ayuda que te ayudarás. Vuelve caminando a su trabajo. Conversa con un tipo sobre una noticia antigua acerca de un niño que había nacido con tres brazos. El otro le cuenta que se acuerda, pero que vio en un documental que le había amputado la tercera extremidad y ya era una persona normal que se dedicaba a escribir poesía en su pueblo cerca del mar.

La vida entrega señales para visualizar el futuro.

El hombre está en su jardín. Tiene treinta y siete años.

- Es un día hermoso. Mi hijo pequeño aprieta mi mano. Amo a la mujer que está aquí conmigo en silencio mirando la mariposa que se acerca sin miedo a posarse en mi mano. 

De "Fábulas para animales como usted" 28: Sanguijuela.


Sanguijuela

La niña las había amansado en los surcos que formaban las costras de sus brazos. Las llamaba por su nombre. La sangre era el alimento sagrado de esta madre salada. Duermen en ese reposado cuerpo esquelético. Ella se queda quieta. Las cejas se curvan.

Esa rabia, mamá.
- Cállense.

Lucha por ellas. Le ayudan a sobrellevar el dolor. Son sus hijas. La niña toma nuevamente el filo de su navaja y corta. Gotea el líquido rojo por su piel blanca.
- Coman.

Ellas arremeten ante el sacrificio.

El gesto la apasiona. Son dos meses de deterioro. Lo hace dos veces al día para comprobar su eficacia. Debió irse el dolor. No, no desaparece. De alguna manera podría deshacerse de él. Las criaturas chuparon la sangre con hambre insaciable. La niña, que toma el filo para cortar esos brazos blancos, esas piernas blancas, corta de nuevo. Las sanguijuelas se le pegan a toda velocidad. Esos dientes clavados no le causan daño. Las sanguijuelas son engañosas. Ella sigue creyendo que se llevan el dolor. En realidad, le contagian más llanto y más ganas de morir. El maquillaje las oculta un poco.

Los problemas crecen cuando se alimentan de desesperanza.


En una noche de culpa, suben por sus pies y le perturban el sueño. Se pegan firmes. Descubre las intenciones de las criaturas. Mátate. La niña recapacita horrorizada. Patalea, ruega por su vida. Viaja a su interior. Es largo el trayecto. Activa su luz. Vuelve. Abre los ojos. El cansancio, la pérdida de sangre mancha las sábanas. Enciende la luz. Está llena de asquerosas sanguijuelas. La luz las ahuyenta. La niña corre al baño. Abre la ducha y se baña. El jabón es áspero, pero útil para sacarse las costras del cuerpo marcado con una mala historia. La noche abandona su peligro. La niña soporta el insomnio. Sale el sol. Aparece la calma. Golpea una puerta. Se abre. Mamá me mira. Papá toma la mano de mamá. Terminó. Es de día. Ellos tampoco habían dormido. Me recosté en medio de su espera. Me hicieron un refugio. Me cubrieron y pude dormir. El daño dejó de vivir en mí. Fue abortado. Ya no hablo de él.

De "Fábulas para animales como usted" 27: Conejo.


Conejo

Libertino. Crápula. Reproductor de problemas. Entre más hijos, más hombre. Es colectivo el desparramo. La mujer, el útero, la semilla, la tierra fértil del deseo. Poesía marginal. El dolor hecho arte. Fenómenos sociales. Hijos por allá, hijos por acá. El silencio de las mujeres. Su dueño. Prohibido amar a otro; prohibido desear a otro. Ellas son la propiedad. Las orejas guardan los secretos. (Cuidado, susurros, miedo). Él es el padre. Él es el hombre, el poder, la majestad y el orden. Toma, copula y se va. Ellas no existen en el acto lúbrico. Sufren el conato. No hablarás si no te habla. Esto no se dice. Esto es carne. Rijo ancestral. Multiplicados sobre la tierra.

No seguir al pie de la letra una enseñanza, sino adaptarla a la propia realidad es lo más correcto.

Visita poco. Es rápido. Los hijos se le acercan para reconocerlo. No saben cómo llamarlo. Lo han visto en la fugacidad del desamparo. Hay montones de madres. Lo aborrecen. No pueden confesarlo a sus hijos. Callan. No hablan de ellos, los paridos como trofeo para un hombre ausente. Crecidos, alejan el bien con males y muertes. Aprenden lo peor. Ocupan lugares, pero carecen de significación. Son los sin nombre.

Fui consciente. La velocidad me hizo famoso. Así supe mi nombre. Arranqué. En mis brazos pesaba un objeto que no era mío. Ahora sí. Robado. Rompí la ventana en ese silencio roncado. El sueño. Luces fueron encendidas. Me cegaron. Capturado fui. La jaula de mi sombra. Tocado boca abajo por los cuerpos. Sobre mí jadearon legiones de demonios históricos. Basura. Aquí yazgo. Casi maldigo. Me retracto. Conozco esa fuerza. Sé que si lo hago, esa palabra retornará a mí para pudrirme. Tomo el filo. Acaricio. Mato para morir. Uno solo expía mi mancha. Gano. Su ojo en mi ojo rojo. Me aíslan. No alcancé a reproducirme. (Los hijos de matadores heredan el instinto destructivo). Salvo vidas. Mi juventud se hace vejez. Adentro, de allá para acá, de acá para allá, el paseo es de ocho pies memorizados. Quien mata, vive sólo esta vida y pierde su vida espiritual, hijo. Recuerdo esta devoción de mamá. Veo su cara. Le digo que no la quiero ver más. Entiende mi plaga, mi sacrificio. Las maldades me devoran. Madre, aquí, en esta tierra, tuviste un hijo. La beso. La olvido. La borro.

Cae la noche. Cae dormido. Luego, el insomnio. Ha escrito en la muralla: «No pensarás, porque harás daño. Los malos pensamientos son la causa de las peores creaciones humanas». Una vez pensado algo, jodiste.

En el margen, unos niños juegan. Podrían ser sus hermanos. Ni él ni ellos saben por qué el padre los ha abandonado. Oficialmente, no existen. Son los innombrados. Piedad para sus madres.

Anónimo.



Alik Handru, microcuentista chileno.

De "Fábulas para animales como usted" 26: Murciélago.


Murciélago

Estaba intentando estudiar. Abrió la primera página de un libro. Leí un poco y me dio sueño. No me concentraba. El padre entra a la pieza con furia brutal. Su exasperación me tira al suelo. Me insulta. Animal. El padre ha vomitado su rabia. Estoy ausente. La palabra honesta hiere el oído y la cara. Su resonancia pena hasta el último de mis huesos. El padre abre la cortina. No era moda ni introspección. La dilatación permanente de la pupila del hijo no soporta la luz. Es delatado por los ojos. Por favor. Criatura pálida. Lo tiene todo. Ha engañado la confianza. El territorio sagrado ha sido pisoteado. El viejo y el joven se enfrentan. El hijo cae. El padre es arrastrado al fondo de esa vergüenza. El hijo ha roto la regla del cuerpo. La sustancia ha destrozado ese lugar. Primero, la risa tonta; segundo, la lentitud física y mental; tercero, la memoria. El padre ha castigado ese rostro corrompido. La sangre contiene el veneno de la sustancia. Es un hijo extraño. El padre pierde lo mismo. Primero, la risa feliz; segundo, la paciencia; tercero, recuerdos bonitos. El hijo ha sido delatado por los signos. Estás castigado hasta el nacimiento.

Me miraron. No dijeron nada. Fue suficiente. Necesité mostrarme seguro en ese momento. Por dentro, me quemaba la boca del estómago. Salí a fumar. Estuve harto rato. Fumé cinco veces. El tiempo era lento en la maternidad. Me odio. Mi hija ha nacido mal. Lloré por mi fatídica nocturnidad. Me persigue o la sigo. Compré sustancia y licor. Caminé desabrigado, castigando mi cuerpo con el frío de la madrugada. La lejanía encontró mi refugio.

Le ha nacido una hija que no puede ser retratada. Huye. Su remordimiento conoce la causa de esa criatura incompleta que ha salido de un cuerpo, que ha crecido en un vientre, que ha sido procreada con amor. Culpable. Escóndete en el refugio de tu sombra. Sea un hijo la consecuencia de los actos de sus padres.

No se sabe cómo afectará una sustancia el cuerpo de un hombre, el cuerpo de una mujer, el cuerpo de una hija. La sustancia está viva. Porta muerte y caos en su viaje sanguíneo. No se disfraza. En el mundo, las culturas mínimas están prohibidas para nuestra protección. La mente lo sabe. Los consejos de la gente nos recuerdan aquello que hemos olvidado cumplir según la medida de nuestro bien.

La madre lo había seguido antes a ese lugar. Es un secreto para el padre. Lleva un chaleco. Detente. La rapidez es sorda. Ha sido hallado. Vamos. Estaba en las vías férreas. Muévete. Un túnel ampara su palidez. De niño odiaba la luz. Qué hice mal. La madre toma la botella, la quiebra. Le pega una cachetada a esa borrachera. Abrígate. Es tironeado por esta mamá. Reacciona. Báñate, aféitate. Cámbiate ropa.

La ignorancia no quita la responsabilidad de los daños.

Camino recorrido, camino superado. Un hombre limpio por fuera espera su limpieza por dentro. Habrá tiempo para eso. Los padres endurecen su control. Las reglas de una vida correcta comienzan más tarde. Te habrás sanado. De vuelta en casa, serán quemadas las cortinas, revisados los cajones y dado el último golpe de conciencia merecido. De lejos, parece una familia normal, asistiendo al nacimiento de un primer nieto. La costumbre es olvidar los errores de la vida por breves segundos para celebrar aquellos momentos alegres que tanto cuesta ganar.

Siete años. La hija descubre el amor de un consejo:

- Los padres quieren que seamos buenos. Luchan para que no seamos tocados por el mal. Por eso nos mienten o nos ocultan cosas a lo largo de la vida. A veces las descubrimos por accidente, por confesión o por malicia familiar. Decidí no hacer preguntas dolorosas. Recibiría compensación a mi tiempo. Cuando se cuestiona mucho, uno puede terminar sin creer en nada ni en nadie.